viernes, 12 de octubre de 2012

Fraudes científicos: El caso del cráneo del eslabón perdido


Sólo la perspicacia y tenacidad de Talent sirvieron para descubrir un fraude de la misma magnitud que el del cráneo de Piltdown, aunque en este último caso en lugar de 25, transcurrieron 40 años hasta que se demostró el engaño. En esta ocasión, ejerció de detective el conocido paleontólogo y divulgador Stephen Jay Gould, quien muchos años después de cometido el fraude, creyó descubrir al autor del engaño, el también conocido paleontólogo jesuita y místico francés Theilard de Chardin.

La historia se remonta a finales de 1912, cuando Charles Dawson, un geólogo aficionado anunció haber descubierto el eslabón perdido entre los monos y el hombre en una gravera cercana a Londres. El hallazgo consistía en piezas de calavera humana y un trozo de mandíbula simiesca. Justo la combinación que predecía la teoría de Darwin y que se ajustaban a la perfección al que se consideraba eslabón perdido. El descubrimiento fue apoyado por el geólogo más prestigioso de Gran Bretaña, Arthur Smith Woodward.

En los años siguientes se realizaron nuevos descubrimientos: un diente que se ajustaba perfectamente en la mandíbula, y un año más tarde, un hueso de elefante que al parecer había servido como herramienta al supuesto hombre mono de Piltdown.

Quedó establecida la seriedad del descubrimiento, pero en 1935, un arqueólogo aficionado y a la sazón dentista renombrado Alvan T. Marston tuvo el feliz hallazgo de restos fósiles humanos del Pleistoceno. La conclusión del parnaso paleontológico fue que se trataba de un homo sapiens posterior al hombre de Piltdown, aunque Marston creía, como luego apoyó el paleontólogo Kenneth Oakley, que se trataba de un tipo humano precedente.

Marston investigó y aplicó sus conocimientos dentales con ahínco al caso hasta que concluyó que el cráneo de Piltdown pertenecía a un mono.

Tras numerosos trabajos científicos, el doctor Kenneth Oakley y dos colegas demostraron en 1953, sin  lugar a dudas, con análisis radiológicos, químicos y anatómicos que el cráneo sí era fósil, pero la mandíbula pertenecía a un moderno antropoide que había sido coloreada y pulida para darle un aspecto antiguo y semihumano.

El escándalo que generó tuvo resonancia mundial. El Times llegó a escribir: "El hombre de Piltdown fue el primer ser humano que usó dientes postizos".  Incluso se incriminó en el fraude a Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes, que vivía por entonces en Piltdown.


Pintura de John Cooke en 1915. De izquierda a derecha F. O. Barlow, G. Elliot Smith, Charles Dawson, Arthur Smith Woodward, A. S. Underwood, Arthur Keith, W. P. Pycraft, y Sir Ray Lankester. Charles Darwin en la pintura de la pared.


Una pesada broma

Numerosas pruebas se acumularon contra Dawson, pero en 1979, Stephen Jay Gould, fallecido en 2002, retomó la investigación y propuso una nueva hipótesis: que Piltdown comenzó como una broma que llegó demasiado lejos. Según Gould, quien se apoya en cartas y documentos de la época (ver sus obras El Pulgar del Panda y Dientes de Gallina, Dedos de Caballo), Dawson que era un aficionado y el padre Theilard de Chardin se habían hecho amigos, mientras que el segundo estudiaba en el colegio jesuita de Hasting, y tramaron una impostura para dejar al descubierto la credulidad de los profesionales de la paleontología.

Posiblemente, jamás imaginaron que las lumbreras científicas británicas se aferraran con tanto ímpetu al fraudulento cráneo. La broma se les escapó de las manos. Dawson murió repentinamente en 1916 y Theilard se encontraba de camillero durante la Primera Guerra Mundial. Pocos años después se convirtió no sólo en una figura científica respetada, sino en un personaje de culto como profeta destacado de una nueva era que conciliaba la ciencia y la religión, y no se atrevió a desmontar la superchería.

Imagen:
Stephen Jay Gould

El apoyo de los científicos consagrados

Como en el caso de Piltdown, el apoyo de los científicos consagrados resulta aún más sangrante porque acaban con la reputación no sólo del defraudador, sino del científico que lo apoya. Por ejemplo, el fraude en que se vio involucrado el premio Nobel David Baltimore; corresponde a la investigadora Thereza Imanishi-Kari del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), quien en noviembre del pasado año fue declarada culpable de 19 cargos de falsificación de datos en un artículo sobre inmunología publicado en 1986.

Baltimore levantó una gran polémica al realizar una encendida defensa de la investigadora del MIT que se vio excluida durante 10 años de cualquier investigación financiada por organismos oficiales en Estados Unidos. Pero en 1996 se revisó su caso y desestimó todos los cargos en su contra. Hoy sigue trabajando como investigadora.

No hay comentarios:

Publicar un comentario