viernes, 12 de octubre de 2012

Fraudes científicos: El caso de los colores del sapo partero


Los detectives científicos no sólo han tratado de desacreditar a falsarios, sino rehabilitar a personajes que consideran han sido acusados injustamente. Ese es el caso de Paul Kammerer, un biólogo austríaco, creyente de las teorías de Lamarck según la cual se heredan los caracteres adquiridos (por ejemplo, que las antiguas jirafas nacían cada vez con el cuello más alto para alcanzar mejor las hojas), quien realizó durante quince años experimentos con anfibios.

Sus resultados parecían confirmar a los lamarckistas frente a los neodarwinistas, también llamados mendelianos (dado que el propio Darwin era lamarckiano), para quienes sólo se heredan las mutaciones fortuitas, preservadas por la selección natural.

Una de las especies con las que trabajó Kammerer fue el sapo partero que se aparea en tierra en lugar del agua, a diferencia de otros sapos, que para agarrarse a las hembras y no resbalar desarrollan protuberancias callosas pigmentadas. El biólogo vienés forzó la reproducción de los sapos parteros en el agua para ver si al cabo de algunas generaciones desarrollaban esas protuberancias o "cojinetes nupciales".

En efecto, comprobó que esas características adquiridas se transmitían a los descendientes machos. La polémica fue intensa entre partidarios de la corriente lamarckista y neodarwinista, hasta que en 1926, un médico norteamericano estudió en Viena el famoso sapo y descubrió que la coloración del cojinete nupcial era causada por una inyección de tinta china.

Kammerer admitió el fraude, pero se declaró inocente e ignorante del engaño, aunque poco tiempo después se suicidó disparándose en la sien. Para muchos científicos esta actitud equivalía a una confesión, pero no para todos.

Imagen
Paul Kammerer

El abrazo del sapo reivindica a Kammerer

El escritor y filósofo Arthur Koestler quedó fascinado por la personalidad de Kammerer y emprendió sus propias y exhaustivas investigaciones, publicadas en su libro El abrazo del sapo, que le llevaron a concluir que la falsificación había sido cometida por un enemigo de Kammerer, en fecha posterior a 1923, cuando ya había mostrado su ejemplar en una conferencia en Inglaterra y que su suicidio, en 1926 con 46 años, tuvo más que ver con causas sentimentales que profesionales.

Aún está por demostrar que el vienés no indujera realmente caracteres adquiridos, ya que el resto de sus experimentos no parecen presentar indicios de manipulación fraudulenta, aunque como señala Martin Gardner "fue un experimento estúpido, porque de haber tenido éxito, los mendelianos lo habrían explicado simplemente como el mero resurgir de un plano genético".

El caso de la inteligencia heredada

Un famoso detective del fraude científico fue Leon Kamin, psicólogo de la Universidad de Princeton (EEUU) quien persiguió una de las más escandalosas imposturas en el terreno de las ciencias humanas: que la inteligencia está determinada por la herencia. La propuso sir Cyril Burt, el primer psicólogo británico que recibió el título de caballero, quien presentó una extensísima colección de conjuntos de Coeficiente Intelectual (CI), especialmente de gemelos. Kamin halló contradicciones y carencias en los artículos de Burt.

El siguiente paso fue hurgar en las referencias científicas de anteriores investigaciones y descubrió que no existían los ensayos, tesis o artículos que citaba. En 1976, cuatro años después de la muerte de Burt, se realizó una investigación en profundidad que demostró el vergonzoso falseamiento de datos a lo largo de toda su carrera, y que incluso sus dos colaboradoras, Margaret Howard y J. Conway, no existían.

Estas fantasmales colegas firmaban incluso las críticas de libros en el Boletín de Psicología Estadística, en las que alababan las publicaciones de sir Ciryl Burt y criticando las de sus oponentes.

Imagen:
Cyril Burt

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