lunes, 22 de octubre de 2012

El caso de las piedras de dios - Fraudes de la ciencia


Ni siquiera las grandes figuras de la ciencia se libran de las acusaciones de fraude. Por ejemplo, Ptolomeo fue acusado el pasado siglo por el astrónomo francés Delambre y el norteamericano R.R. Newton, de no observar realmente las posiciones de los astros de las que Ptolomeo dejó constancia en su Almagesto, sino que se trataba de una extrapolación de los datos de Hiparco, levantados 200 años antes. Investigaciones más recientes exculpan al sabio griego del siglo segundo al apuntar que los datos confiables eran muy difíciles de obtener en esa época y que sólo gracias al crédito de los antiguos astrónomos pudo construirse una estructura teórica de la astronomía.

A veces, la provocación de una broma puede dar lugar a un fraude importante y generalizado. Esa es la tesis de Stephen Jay Gould para la falsificación de Piltdown. En otras ocasiones, se torna cruel como sucedió a Johannes Beringer, un sabio alemán del siglo XVIII, quien publicó en 1726 un grueso tratado sobre piedras fósiles que había hallado, que representaban imágenes de extraños insectos, aves y peces, que suponía habían sido talladas por el propio Dios cuando experimentaba con los tipos de vida que pensaba crear, o que pudieron haber desaparecido durante el diluvio universal.

Menos explicables resultaron las piedras que mostraban el Sol, la Luna, estrellas y cometas; otras llevaban grabadas letras hebreas e incluso la palabra Jehovah. Por fin, sus dudas se tornaron certezas cuando encontró una piedra con su propio nombre inscrito.

Tras una investigación se descubrió que el engaño había sido urdido por su ayudante, un bibliotecario y un profesor de geografía. El resto de su vida lo dedicó Beringer a comprar todos los ejemplares posibles de su libro y quemarlos. Hoy su obra se reedita en Alemania como curiosidad bibliográfica y monumento a la credulidad científica.

Periódicamente se repiten este tipo de engaños, especialmente en ambientes alejados de los círculos científicos. Por ejemplo, los gliptolitos peruanos de Ica han sido repetidamente pasto de revistas sensacionalistas. En estas piedras grabadas aparecían escenas de una civilización perdida, pero en realidad no eran mas que el fruto de la imaginación de unos avispados artesanos locales.

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Los famosos fósiles de Adam Beringer, expuestos en el Museo Teylers de Haarlem, Países Bajos

El caso del ayudante bienintencionado

No son escasas las ocasiones en que los errores o fraudes se atribuyen a los ayudantes y colaboradores, tal vez para mantener intacta, dentro de lo que cabe, la reputación del científico consagrado. Eso ocurrió con Gregor Mendel, quien con sus experimentos con guisantes en el huerto de la abadía ex-checoslovaca de Brünn, en Bohemia, creó la genética con su compleja estadística de genes dominantes y recesivos.

En 1936, el biólogo sir Ronald Fisher reconstruyó el proceso matemático que debió seguir Mendel para extraer sus conclusiones y llegó al convencimiento de que eran inexplicables, porque eran demasiado buenos. Parece como si las leyes de la estadística se ajustaran cósmicamente para dar unos resultados previamente propuestos. Como jugar a la ruleta y acertar siempre.

Para Fisher, los datos de Mendel habían sido manipulados sistemáticamente, y aseguraba que había sido “engañado por un auxiliar de jardinería que sabía muy bien lo que su jefe esperaba de cada prueba realizada”, es decir los experimentos fueron falsificados para concordar estrechamente con lo que esperaba Mendel.

La visión deseada

Para Martin Gardner, “quizás fuera culpable únicamente de ‘visión deseada’ cuando clasificaba y contaba sus plantas altas y enanas”. Otros investigadores modernos apuntan que Mendel simplemente “no contó todas sus muestras, sino que se detuvo cuando alcanzó las cifras que indicaban la proposición que se ajustaba a la teoría”, o también que sufrió el “efecto del experimentador”, es decir que Mendel vio lo que quería ver.

Si el ayudante tuvo que ver en la preparación de datos, no sería un caso insólito. En la mayor parte de las ocasiones se alteran los datos para contentar a su jefe que espera un resultado brillante.

Alexander Kohn en su libro Falsos Profetas, cita varios casos de este tipo, como el hecho de inocular suero inocuo en lugar de virus a los monos para que los resultados se adaptaran a la conclusión de que la vitamina C impedía la parálisis en las infecciones de poliovirus. Se acabó por descubrir que el técnico que trabajaba con el científico ayudó a obtener los resultados que su jefe esperaba.

El premio Nobel de medicina francés Alexis Carrell ("uno de los conversos más famosos de Lourdes"; conviene leer la entrada que le corresponde en wikipedia para descubrir uno de esos casos sangrantes de manipulación mediática y de información tendenciosa -religioso derechista- que tan consecuentemente se reprocha a sus redactores) proclamó que había conseguido cultivar “células inmortales” (fibroplastos del corazón de embriones de pollo en matraces de vidrio durante 34 años). Con posterioridad a la muerte ignominiosa de Carrel en 1944 (a causa de su colaboracionismo con los nazis) se comenzó a pensar en una posible manipulación del experimento. Nadie pudo reproducir el fenómeno y tras una serie de investigaciones se llegó a la conclusión de que los ayudantes con su mejor intención agregaban de vez en cuando células embrionarias “porque –decían– el doctor Carrell estaría tan molesto si perdiéramos la estirpe...”.

El caso del pollo paranormal

En 1970 se publicó un artículo en la Revista de Parapsicología estadounidense titulado Posible psicocinesis en embriones de pollo con el fin de obtener calor, firmado por Walter J. Levy de la Universidad de Durhan en Carolina del Norte, Estados Unidos.

En él se aseguraba que los huevos fecundados en una incubadora empleaban poderes de psicocinesis para influir sobre máquinas electrónicas que proporcionaban calor aleatoriamente. La probabilidad pura y dura no permitía más que la mitad de tiempo de conexión, sin embargo la computadora presentaba la evidencia de que la incubadora estaba más tiempo conectada que desconectada, por lo cual habría que deducir que los embriones de pollo actuaban psicocinésicamente sobre el mecanismo.

Tuvo también Levy otros fantásticos resultados con ratas, pero todo el engaño quedó al descubierto cuando un instrumental secreto reveló que Levy hacía trampas. Éste lo confesó todo y el asunto contribuyó a desprestigiar aún más, si cabe, la parapsicología entre los científicos.

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