martes, 16 de octubre de 2012

Algunos casos de fraudes científicos


El caso de los rayos mitogénicos

Uno de los casos de fraude que más comunicaciones científicas provocó fue el de los rayos mitogénicos, de tipo ultravioleta en onda corta, emitidos por las células animales y vegetales cuando se dividían. Los descubrió Alexander Gavrilovich Gurwitch (en la imagen) en 1923 y produjo una auténtica avalancha de publicaciones científicas en las revistas especializadas, en los que se aseguraba que estos rayos los emitían niños sanos, pero no los enfermos; que eran consustanciales a las células sanas, pero no a las cancerígenas; y otras propuestas que se demostraron peregrinas y erróneas. 

Hoy se sabe que las células vivas emiten luz visible en un fenómeno conocido como quimioluminiscencia, pero no radiación ultravioleta de onda corta.

El caso del poliagua extravagante

El asunto de la memoria del agua y la homeopatía que pudisteis leer en otra entrada, también recuerda el error de la poliagua, cuando el químico ruso Boris Derjaguin creyó descubrir en 1970, propiedades muy extrañas al agua cuando se recogía en tubos capilares del grosor del cabello. El revuelo fue mayúsculo en los ambientes científicos hasta que se descubrió que el agua misteriosa no era más que agua ordinaria contaminada por tubos de ensayo sucios. Desgraciadamente para entonces los militares soviéticos, intuyendo un arma poderosa en estos trabajos invirtieron millones de rublos que se perdieron miserablemente.

El caso del dinosaurio redivivo

En 1994 el microbiólogo Scott Woodward y su equipo de la Universidad Brigham Young en Utah, de Estados Unidos, afirmaron que habían extraído material genético de un pequeño fragmento de hueso de dinosaurio que vivió hace 80 millones de años, recreando así la fantástica hipótesis de Parque Jurásico.

Sin embargo, un año después cayó un jarro de agua fría sobre estos investigadores al publicarse en Science, por parte de cuatro informes independientes, que “no cabe ninguna duda, el fragmento de ADN identificado es claramente humano”. Woodward insistió en que su descubrimiento es auténtico, pero todos los indicios apuntan a que hubo una contaminación accidental de la muestra y los críticos recuerdan que una sola molécula basta para contaminar las muestras de material genético y obtener resultados falsos.

Los mismos informes derrumbaron la pretensión del científico chino Chen Zhangliang, quien aseguraba que había conseguido extraer ADN de unos huevos de dinosaurio hallados en China.

El caso de los canales de Marte

En muchos de los casos que hemos incorporado a este blog no existe un fraude deliberado, sino un fenómeno relativamente habitual en la ciencia: el autoengaño. El astrónomo Percivall Lowell dedicó buena parte de su vida a trazar mapas de supuestos canales marcianos que habían sido entrevistos en 1877 en 1877 por el astrónomo italiano Giovanni Schiaparelli. Llegó a escribir tres libros en los que afirmaba que las líneas que se observaban por los telescopios sobre la superficie marciana y de los que levantó detallados planos eran en realidad anchas bandas de vegetación que bordeaban enormes diques de riego.

Lowell no era un mentiroso de los que tanto abundan cuando se trata de asuntos extraterrestres. Sus precisos cálculos de 1915 condujeron al descubrimiento de Plutón en 1930, pero su obcecación marciana, al igual que las de sus seguidores, se debió a una ilusión óptica inducida por las manchas irregulares de Marte y por el vehemente deseo de ver lo que se deseaba ver.

El caso del cazador de rayos N

Otro error científico célebre fue el supuesto descubrimiento de los rayos N, realizado por el físico francés René Blondlot en 1901. Al experimentar con los rayos X, que estaban de moda, descubrió un nuevo tipo de radiación a la que denominó N, en honor de la ciudad donde se descubrió: Nancy. Los rayos N podían aumentar la luminosidad de los objetos y almacenarse.

Lo curioso es que grandes nombres de la física, como Becquerel, confirmaron y repitieron con éxito los experimentos. Sin embargo, en 1904, el estadounidense R.W. Wood fue a Francia a observar el experimento al que sustrajo una pieza supuestamente fundamental para el buen éxito del mismo. A pesar de todo, los resultados fueron iguales que si la pieza, un prisma, hubiera estado en su lugar. Cuando se publicó la historia en 1904, cayó el mito de los rayos N y en 1909, Blondlot se vio obligado a abandonar su cátedra.

No hay comentarios:

Publicar un comentario