lunes, 22 de octubre de 2012

Detectives contra el fraude en la ciencia

¿Cuántos casos fraudulentos habrán pasado a engrosar la historia de la ciencia?

Tal vez, algunas de las teorías sobre las que basamos nuestro actual conocimiento tengan su origen en un error o una pequeña desviación de los resultados para que ajusten con la hipótesis propuesta por el investigador.

Ptolomeo, Mendel o Newton son casos citados con frecuencia en los que ha sucedido. En otras ocasiones un fraude intencionado y bien urdido es capaz de engañar a todo el estamento de una determinada disciplina, como ocurrió con las propuestas geológicas de Vishwa Jit Gupta, que habían sido incorporadas al bagaje científico de esta materia. Toda la investigación posterior tuvo que ser puesta en entredicho por las manipulaciones de una única persona.

Frente a estos mentirosos patológicos, aparece una figura menos llamativa, aunque más sorprendente: el detective científico, el investigador que algún día encontró en los trabajos del defraudador un pequeño error que le dio pie para una investigación más profunda, hasta lograr desenredar todo el ovillo del fraude. El trabajo de estos detectives científicos no es cómodo, pues normalmente se tiene que enfrentar con una teoría consolidada, cuya puesta en tela de juicio acarrea múltiples perjuicios a un gran número de investigadores.

En las siguientes entradas podéis leer algunos de los casos más famosos de fraudes en la ciencia y la búsqueda de la verdad.


El caso de las piedras de dios - Fraudes de la ciencia


Ni siquiera las grandes figuras de la ciencia se libran de las acusaciones de fraude. Por ejemplo, Ptolomeo fue acusado el pasado siglo por el astrónomo francés Delambre y el norteamericano R.R. Newton, de no observar realmente las posiciones de los astros de las que Ptolomeo dejó constancia en su Almagesto, sino que se trataba de una extrapolación de los datos de Hiparco, levantados 200 años antes. Investigaciones más recientes exculpan al sabio griego del siglo segundo al apuntar que los datos confiables eran muy difíciles de obtener en esa época y que sólo gracias al crédito de los antiguos astrónomos pudo construirse una estructura teórica de la astronomía.

A veces, la provocación de una broma puede dar lugar a un fraude importante y generalizado. Esa es la tesis de Stephen Jay Gould para la falsificación de Piltdown. En otras ocasiones, se torna cruel como sucedió a Johannes Beringer, un sabio alemán del siglo XVIII, quien publicó en 1726 un grueso tratado sobre piedras fósiles que había hallado, que representaban imágenes de extraños insectos, aves y peces, que suponía habían sido talladas por el propio Dios cuando experimentaba con los tipos de vida que pensaba crear, o que pudieron haber desaparecido durante el diluvio universal.

Menos explicables resultaron las piedras que mostraban el Sol, la Luna, estrellas y cometas; otras llevaban grabadas letras hebreas e incluso la palabra Jehovah. Por fin, sus dudas se tornaron certezas cuando encontró una piedra con su propio nombre inscrito.

Tras una investigación se descubrió que el engaño había sido urdido por su ayudante, un bibliotecario y un profesor de geografía. El resto de su vida lo dedicó Beringer a comprar todos los ejemplares posibles de su libro y quemarlos. Hoy su obra se reedita en Alemania como curiosidad bibliográfica y monumento a la credulidad científica.

Periódicamente se repiten este tipo de engaños, especialmente en ambientes alejados de los círculos científicos. Por ejemplo, los gliptolitos peruanos de Ica han sido repetidamente pasto de revistas sensacionalistas. En estas piedras grabadas aparecían escenas de una civilización perdida, pero en realidad no eran mas que el fruto de la imaginación de unos avispados artesanos locales.

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Los famosos fósiles de Adam Beringer, expuestos en el Museo Teylers de Haarlem, Países Bajos

El caso del ayudante bienintencionado

No son escasas las ocasiones en que los errores o fraudes se atribuyen a los ayudantes y colaboradores, tal vez para mantener intacta, dentro de lo que cabe, la reputación del científico consagrado. Eso ocurrió con Gregor Mendel, quien con sus experimentos con guisantes en el huerto de la abadía ex-checoslovaca de Brünn, en Bohemia, creó la genética con su compleja estadística de genes dominantes y recesivos.

En 1936, el biólogo sir Ronald Fisher reconstruyó el proceso matemático que debió seguir Mendel para extraer sus conclusiones y llegó al convencimiento de que eran inexplicables, porque eran demasiado buenos. Parece como si las leyes de la estadística se ajustaran cósmicamente para dar unos resultados previamente propuestos. Como jugar a la ruleta y acertar siempre.

Para Fisher, los datos de Mendel habían sido manipulados sistemáticamente, y aseguraba que había sido “engañado por un auxiliar de jardinería que sabía muy bien lo que su jefe esperaba de cada prueba realizada”, es decir los experimentos fueron falsificados para concordar estrechamente con lo que esperaba Mendel.

La visión deseada

Para Martin Gardner, “quizás fuera culpable únicamente de ‘visión deseada’ cuando clasificaba y contaba sus plantas altas y enanas”. Otros investigadores modernos apuntan que Mendel simplemente “no contó todas sus muestras, sino que se detuvo cuando alcanzó las cifras que indicaban la proposición que se ajustaba a la teoría”, o también que sufrió el “efecto del experimentador”, es decir que Mendel vio lo que quería ver.

Si el ayudante tuvo que ver en la preparación de datos, no sería un caso insólito. En la mayor parte de las ocasiones se alteran los datos para contentar a su jefe que espera un resultado brillante.

Alexander Kohn en su libro Falsos Profetas, cita varios casos de este tipo, como el hecho de inocular suero inocuo en lugar de virus a los monos para que los resultados se adaptaran a la conclusión de que la vitamina C impedía la parálisis en las infecciones de poliovirus. Se acabó por descubrir que el técnico que trabajaba con el científico ayudó a obtener los resultados que su jefe esperaba.

El premio Nobel de medicina francés Alexis Carrell ("uno de los conversos más famosos de Lourdes"; conviene leer la entrada que le corresponde en wikipedia para descubrir uno de esos casos sangrantes de manipulación mediática y de información tendenciosa -religioso derechista- que tan consecuentemente se reprocha a sus redactores) proclamó que había conseguido cultivar “células inmortales” (fibroplastos del corazón de embriones de pollo en matraces de vidrio durante 34 años). Con posterioridad a la muerte ignominiosa de Carrel en 1944 (a causa de su colaboracionismo con los nazis) se comenzó a pensar en una posible manipulación del experimento. Nadie pudo reproducir el fenómeno y tras una serie de investigaciones se llegó a la conclusión de que los ayudantes con su mejor intención agregaban de vez en cuando células embrionarias “porque –decían– el doctor Carrell estaría tan molesto si perdiéramos la estirpe...”.

El caso del pollo paranormal

En 1970 se publicó un artículo en la Revista de Parapsicología estadounidense titulado Posible psicocinesis en embriones de pollo con el fin de obtener calor, firmado por Walter J. Levy de la Universidad de Durhan en Carolina del Norte, Estados Unidos.

En él se aseguraba que los huevos fecundados en una incubadora empleaban poderes de psicocinesis para influir sobre máquinas electrónicas que proporcionaban calor aleatoriamente. La probabilidad pura y dura no permitía más que la mitad de tiempo de conexión, sin embargo la computadora presentaba la evidencia de que la incubadora estaba más tiempo conectada que desconectada, por lo cual habría que deducir que los embriones de pollo actuaban psicocinésicamente sobre el mecanismo.

Tuvo también Levy otros fantásticos resultados con ratas, pero todo el engaño quedó al descubierto cuando un instrumental secreto reveló que Levy hacía trampas. Éste lo confesó todo y el asunto contribuyó a desprestigiar aún más, si cabe, la parapsicología entre los científicos.

martes, 16 de octubre de 2012

Algunos casos de fraudes científicos


El caso de los rayos mitogénicos

Uno de los casos de fraude que más comunicaciones científicas provocó fue el de los rayos mitogénicos, de tipo ultravioleta en onda corta, emitidos por las células animales y vegetales cuando se dividían. Los descubrió Alexander Gavrilovich Gurwitch (en la imagen) en 1923 y produjo una auténtica avalancha de publicaciones científicas en las revistas especializadas, en los que se aseguraba que estos rayos los emitían niños sanos, pero no los enfermos; que eran consustanciales a las células sanas, pero no a las cancerígenas; y otras propuestas que se demostraron peregrinas y erróneas. 

Hoy se sabe que las células vivas emiten luz visible en un fenómeno conocido como quimioluminiscencia, pero no radiación ultravioleta de onda corta.

El caso del poliagua extravagante

El asunto de la memoria del agua y la homeopatía que pudisteis leer en otra entrada, también recuerda el error de la poliagua, cuando el químico ruso Boris Derjaguin creyó descubrir en 1970, propiedades muy extrañas al agua cuando se recogía en tubos capilares del grosor del cabello. El revuelo fue mayúsculo en los ambientes científicos hasta que se descubrió que el agua misteriosa no era más que agua ordinaria contaminada por tubos de ensayo sucios. Desgraciadamente para entonces los militares soviéticos, intuyendo un arma poderosa en estos trabajos invirtieron millones de rublos que se perdieron miserablemente.

El caso del dinosaurio redivivo

En 1994 el microbiólogo Scott Woodward y su equipo de la Universidad Brigham Young en Utah, de Estados Unidos, afirmaron que habían extraído material genético de un pequeño fragmento de hueso de dinosaurio que vivió hace 80 millones de años, recreando así la fantástica hipótesis de Parque Jurásico.

Sin embargo, un año después cayó un jarro de agua fría sobre estos investigadores al publicarse en Science, por parte de cuatro informes independientes, que “no cabe ninguna duda, el fragmento de ADN identificado es claramente humano”. Woodward insistió en que su descubrimiento es auténtico, pero todos los indicios apuntan a que hubo una contaminación accidental de la muestra y los críticos recuerdan que una sola molécula basta para contaminar las muestras de material genético y obtener resultados falsos.

Los mismos informes derrumbaron la pretensión del científico chino Chen Zhangliang, quien aseguraba que había conseguido extraer ADN de unos huevos de dinosaurio hallados en China.

El caso de los canales de Marte

En muchos de los casos que hemos incorporado a este blog no existe un fraude deliberado, sino un fenómeno relativamente habitual en la ciencia: el autoengaño. El astrónomo Percivall Lowell dedicó buena parte de su vida a trazar mapas de supuestos canales marcianos que habían sido entrevistos en 1877 en 1877 por el astrónomo italiano Giovanni Schiaparelli. Llegó a escribir tres libros en los que afirmaba que las líneas que se observaban por los telescopios sobre la superficie marciana y de los que levantó detallados planos eran en realidad anchas bandas de vegetación que bordeaban enormes diques de riego.

Lowell no era un mentiroso de los que tanto abundan cuando se trata de asuntos extraterrestres. Sus precisos cálculos de 1915 condujeron al descubrimiento de Plutón en 1930, pero su obcecación marciana, al igual que las de sus seguidores, se debió a una ilusión óptica inducida por las manchas irregulares de Marte y por el vehemente deseo de ver lo que se deseaba ver.

El caso del cazador de rayos N

Otro error científico célebre fue el supuesto descubrimiento de los rayos N, realizado por el físico francés René Blondlot en 1901. Al experimentar con los rayos X, que estaban de moda, descubrió un nuevo tipo de radiación a la que denominó N, en honor de la ciudad donde se descubrió: Nancy. Los rayos N podían aumentar la luminosidad de los objetos y almacenarse.

Lo curioso es que grandes nombres de la física, como Becquerel, confirmaron y repitieron con éxito los experimentos. Sin embargo, en 1904, el estadounidense R.W. Wood fue a Francia a observar el experimento al que sustrajo una pieza supuestamente fundamental para el buen éxito del mismo. A pesar de todo, los resultados fueron iguales que si la pieza, un prisma, hubiera estado en su lugar. Cuando se publicó la historia en 1904, cayó el mito de los rayos N y en 1909, Blondlot se vio obligado a abandonar su cátedra.

viernes, 12 de octubre de 2012

El caso del mamut mafioso - Fraudes científicos


El siglo XXI comenzó con el caso de los fósiles reciclados que provocó un reputado paleontólogo japonés, Shinichi Fujimura, toda una institución pública por sus repetidos éxitos para encontrar fósiles extraordinarios. Pero como toda figura mediática tuvo la desdicha de que le grabaran unos periodistas con las manos en la masa cuando enterraba fósiles que él mismo descubriría tiempo después. Tras el engaño uno de sus ayudantes se suicidó, aunque Fujimura le había exculpado. El propio Fujimura tuvo que pasar por un hospital psiquiátrico.

Sin duda el caso más sonado del siglo XXI transcurrido ha sido el del surcoreano Hwang Woo-Suk (otros fueron el sueco Jon Subdo en 2006, sobre investigaciones en cáncer bucal y el alemán Hendrik Schön en 2005, que pretendía haber desarrollado transistores moleculares). En 2004, Hwang Woo-Suk y su equipo anunciaron que habían conseguido clonar seres humanos por primera vez, en un artículo publicado en la prestigiosa revista Science. Se prometían felices desarrollos en el avance: adiós al parkinson, la diabetes, el alzheimer. Pero apenas 2 años más tarde, la universidad de Seúl confirmó que nunca llegaron a existir esas células madre y que se habían falsificado los experimentos.

Incluso provocó que el primer ministro surcoreano convocara una reunión de emergencia pidiendo una investigación a fondo, la cual concluyó que todo había sido un hábil (y en ocasiones no tan sutil) fraude.

Cuando cae un héroe nacional

Pero es que ese gobierno no sólo invirtió dinero en Hwang, sino sobre todo prestigio. Cuando éste anunció que había clonado un perro al que llamó Snuppy, el gobierno de Corea del Sur creó para él el primer banco mundial de células madre del mundo y al científico (veterinario en realidad) le otorgó todos los honores habituales, otorgándole calificativos como "héroe nacional", mientras los medios lo mostraban como prototipo del espíritu del hombre que se hace a sí mismo: niño pobre de origen rural que consigue la gloria mundial.

Se convertía así en un personaje político antes que científico, anulando socialmente los mecanismos críticos que requiere una investigación semejante. Se descubrió el pastel cuando la universidad de Seúl anunció que dos colaboradoras habían participado con sus óvulos en el experimento y que incluso se había pagado a otras 16 mujeres donantes.

La justicia concluyó que el "doctor clon" había malversado 470.000 euros y que compró óvulos humanos para sus experimentos, actividad prohibida. Fue condenado a dos años de cárcel, pena conmutada por vigilancia durante tres años. Curiosamente, la investigación en ese campo no dejó de desarrollarse con grandes éxitos. El propio Hwang se recompuso y creó una empresa de clonación de mascotas.

Entre las anécdotas, se le acusó de apropiación indebida de fondos públicos unos 6,4 millones de dólares por ejemplo para comprar un coche para su esposa, pero en el juicio aseguró que la mayor parte la había destinado a intentar clonar un mamut por encargo de la mafia (la pregunta literaria sería ¿para que querría la mafia coreana un mamut clonado?).

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Portada de Times del 6 de enero de 2006

El caso del agua desmemoriada - Fraudes científicos


El más famoso de todos los detectives de la anticiencia es un mago, James Randi (en la imagen), un gran ilusionista que ha desacreditado todo tipo de investigaciones paranormales, desmontando o reproduciendo los trucos utilizados por supuestos dotados psíquicos como Uri Geller. Pero no sólo los charlatanes de la parapsicología son el blanco de sus críticas, también a menudo le reclaman para que estudie casos de gran controversia científica, como el de la "memoria del agua".

En esta ocasión, un grupo de investigadores franceses apoyados por dos israelíes, uno canadiense y otro italiano publicaron en la prestigiosa revista Nature (30 de junio de 1988) un artículo titulado "Degranulación de basófilos humanos desencadenada por un antisuero muy diluido contra IgE". Tras un título tan esotérico se escondía la idea de que el agua recuerda las propiedades químicas de elementos que han estado disueltos en ella, una idea defendida desde hacía siglos por la homeopatía, una controvertida ciencia médica que sostiene que si una sustancia produce síntomas de una enfermedad, cantidades infinitesimales de esa misma sustancia, aunque sea muy venenosa, curarán la enfermedad. El poder curativo será aún más intenso si su ausencia es total.

El jefe del equipo que desarrolló la hipotética “memoria del agua” fue Jacques Benveniste, quien aseguró que la potencia de sus diluciones se puede comprender con la siguiente analogía: es como arrojar las llaves del coche al Sena, ir a la desembocadura del río tomar unas gotas de agua, las cuales servirían para poner el coche en marcha.

Antes de que se publicara el artículo definitivo, la dirección de la revista Nature envió un equipo, encabezado por el propio director de la revista, John Maddox, para que estudiara el fenómeno en los laboratorios parisinos. James Randi fue otro de los voluntarios del equipo. Sus conclusiones, publicadas en Nature de 28 de julio de 1988, fueron demoledoras: "...experimentos estadísticamente mal controlados..., error sistemático..., fenómeno no reproducible..., hipótesis tan innecesaria como extravagante".
Benveniste (en la imagen) aseguró que el artículo de Nature respondía a un siniestro complot para desacreditarle (lo que conocidos otros casos no es una idea desechable). Sin embargo, el descrédito fue completo cuando se supo que algunos médicos del equipo de Benveniste estaban pagados por los laboratorios homeopáticos Belon. Eso no quiere decir que la medicina oficial apoyada por los grandes laboratorios farmacéuticos, no tergiverse por su parte sus propios resultados, como sucede con algunos medicamentos y vacunas, pero esa es otra sangrante historia de la que tal vez pueda ocuparme.

El efecto del experimentador

En el caso de la memoria del agua no se trata de un fraude propiamente dicho, sino de lo que los expertos denominan "efecto del experimentador", esto es que las firmes creencias del experimentador influyen en los resultados.

Un caso semejante respecto a la homeopatía tuvo lugar cuando se publicó un artículo en la prestigiosa revista médica británica The Lancet del 10 de diciembre de 1994, firmado por David Reilly quien aseguraba que "nuestros resultados prueban que la homeopatía tiene una acción inexplicable pero reproducible, lo cual difiere del efecto placebo".

Algunos datos conocidos con posterioridad a su publicación ponían en entredicho la investigación. Primero porque los estudios habían sido realizados por homeópatas y financiados por firmas de productos homeopáticos. Y, segundo, porque la metodología aplicada había sido mediocre, cuando no errónea. El autor utilizaba además como referencia dos artículos propios que ya habían sido seriamente criticados. En cuanto a los resultados, sólo uno de los pacientes estudiados había sufrido una mejora evidente con respecto a los casos testigo tratados con placebo.

Por último, trascendió que la publicación del artículo fue consecuencia de la presión ejercida por la King's Fund, la fundación tras la que se encuentra la casa real inglesa, cuyos componentes, empezando por la reina madre son partidarios de la homeopatía, especialmente el príncipe Carlos.

Una de las causas más frecuentes de error en los trabajos científicos tiene que ver con el denominado “efecto experimentador”, que se define como “el grado al cual se desvían del ‘valor correcto’ los datos que obtiene el experimentador”. Se trataría de una consecuencia de que el investigador interprete opiniones imprecisas como respuestas favorables. El investigador N.S. Hetherington asegura que el efecto experimentador se produce cuando “se han obtenido resultados previstos, anticipados, o incluso deseados, por parte de investigadores apegados a los métodos científicos aceptados generalmente”.

¿Es lícito manipular los datos para llegar a la solución correcta?

Newton que puede considerarse como uno de los padres de la ciencia se inventó datos para que las fórmulas se ajustaran a su teoría de que el sonido se transmite a 331 metros por segundo. Midió la longitud de una onda en el agua, entre cresta y cresta, y la velocidad de propagación y trató de extrapolar los datos al comportamiento en la atmósfera como si se tratase de una onda acuática. Pero para ello, necesitaba conocer la relación entre las densidades del agua y del aire, desconocidas en esa época.

Con mucho atrevimiento científico se lanzó a suponer que el aire contenía vapor de agua en una proporción de 1 a 10 y que el aire estaba formado por partículas, aunque teóricamente nada se sabía sobre ellas. Ajustando los valores, le coincidieron los resultados, así que nadie se preocupó de darle importancia al asunto, porque la solución resultaba correcta y brillante. Hasta que R.R. Westfall escribió en 1973 un artículo en Science donde aseguraba que este comportamiento heterodoxo podía considerarse “nada menos que fraude deliberado”.

Fraudes científicos: El caso de los colores del sapo partero


Los detectives científicos no sólo han tratado de desacreditar a falsarios, sino rehabilitar a personajes que consideran han sido acusados injustamente. Ese es el caso de Paul Kammerer, un biólogo austríaco, creyente de las teorías de Lamarck según la cual se heredan los caracteres adquiridos (por ejemplo, que las antiguas jirafas nacían cada vez con el cuello más alto para alcanzar mejor las hojas), quien realizó durante quince años experimentos con anfibios.

Sus resultados parecían confirmar a los lamarckistas frente a los neodarwinistas, también llamados mendelianos (dado que el propio Darwin era lamarckiano), para quienes sólo se heredan las mutaciones fortuitas, preservadas por la selección natural.

Una de las especies con las que trabajó Kammerer fue el sapo partero que se aparea en tierra en lugar del agua, a diferencia de otros sapos, que para agarrarse a las hembras y no resbalar desarrollan protuberancias callosas pigmentadas. El biólogo vienés forzó la reproducción de los sapos parteros en el agua para ver si al cabo de algunas generaciones desarrollaban esas protuberancias o "cojinetes nupciales".

En efecto, comprobó que esas características adquiridas se transmitían a los descendientes machos. La polémica fue intensa entre partidarios de la corriente lamarckista y neodarwinista, hasta que en 1926, un médico norteamericano estudió en Viena el famoso sapo y descubrió que la coloración del cojinete nupcial era causada por una inyección de tinta china.

Kammerer admitió el fraude, pero se declaró inocente e ignorante del engaño, aunque poco tiempo después se suicidó disparándose en la sien. Para muchos científicos esta actitud equivalía a una confesión, pero no para todos.

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Paul Kammerer

El abrazo del sapo reivindica a Kammerer

El escritor y filósofo Arthur Koestler quedó fascinado por la personalidad de Kammerer y emprendió sus propias y exhaustivas investigaciones, publicadas en su libro El abrazo del sapo, que le llevaron a concluir que la falsificación había sido cometida por un enemigo de Kammerer, en fecha posterior a 1923, cuando ya había mostrado su ejemplar en una conferencia en Inglaterra y que su suicidio, en 1926 con 46 años, tuvo más que ver con causas sentimentales que profesionales.

Aún está por demostrar que el vienés no indujera realmente caracteres adquiridos, ya que el resto de sus experimentos no parecen presentar indicios de manipulación fraudulenta, aunque como señala Martin Gardner "fue un experimento estúpido, porque de haber tenido éxito, los mendelianos lo habrían explicado simplemente como el mero resurgir de un plano genético".

El caso de la inteligencia heredada

Un famoso detective del fraude científico fue Leon Kamin, psicólogo de la Universidad de Princeton (EEUU) quien persiguió una de las más escandalosas imposturas en el terreno de las ciencias humanas: que la inteligencia está determinada por la herencia. La propuso sir Cyril Burt, el primer psicólogo británico que recibió el título de caballero, quien presentó una extensísima colección de conjuntos de Coeficiente Intelectual (CI), especialmente de gemelos. Kamin halló contradicciones y carencias en los artículos de Burt.

El siguiente paso fue hurgar en las referencias científicas de anteriores investigaciones y descubrió que no existían los ensayos, tesis o artículos que citaba. En 1976, cuatro años después de la muerte de Burt, se realizó una investigación en profundidad que demostró el vergonzoso falseamiento de datos a lo largo de toda su carrera, y que incluso sus dos colaboradoras, Margaret Howard y J. Conway, no existían.

Estas fantasmales colegas firmaban incluso las críticas de libros en el Boletín de Psicología Estadística, en las que alababan las publicaciones de sir Ciryl Burt y criticando las de sus oponentes.

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Cyril Burt

Fraudes científicos: El caso del cráneo del eslabón perdido


Sólo la perspicacia y tenacidad de Talent sirvieron para descubrir un fraude de la misma magnitud que el del cráneo de Piltdown, aunque en este último caso en lugar de 25, transcurrieron 40 años hasta que se demostró el engaño. En esta ocasión, ejerció de detective el conocido paleontólogo y divulgador Stephen Jay Gould, quien muchos años después de cometido el fraude, creyó descubrir al autor del engaño, el también conocido paleontólogo jesuita y místico francés Theilard de Chardin.

La historia se remonta a finales de 1912, cuando Charles Dawson, un geólogo aficionado anunció haber descubierto el eslabón perdido entre los monos y el hombre en una gravera cercana a Londres. El hallazgo consistía en piezas de calavera humana y un trozo de mandíbula simiesca. Justo la combinación que predecía la teoría de Darwin y que se ajustaban a la perfección al que se consideraba eslabón perdido. El descubrimiento fue apoyado por el geólogo más prestigioso de Gran Bretaña, Arthur Smith Woodward.

En los años siguientes se realizaron nuevos descubrimientos: un diente que se ajustaba perfectamente en la mandíbula, y un año más tarde, un hueso de elefante que al parecer había servido como herramienta al supuesto hombre mono de Piltdown.

Quedó establecida la seriedad del descubrimiento, pero en 1935, un arqueólogo aficionado y a la sazón dentista renombrado Alvan T. Marston tuvo el feliz hallazgo de restos fósiles humanos del Pleistoceno. La conclusión del parnaso paleontológico fue que se trataba de un homo sapiens posterior al hombre de Piltdown, aunque Marston creía, como luego apoyó el paleontólogo Kenneth Oakley, que se trataba de un tipo humano precedente.

Marston investigó y aplicó sus conocimientos dentales con ahínco al caso hasta que concluyó que el cráneo de Piltdown pertenecía a un mono.

Tras numerosos trabajos científicos, el doctor Kenneth Oakley y dos colegas demostraron en 1953, sin  lugar a dudas, con análisis radiológicos, químicos y anatómicos que el cráneo sí era fósil, pero la mandíbula pertenecía a un moderno antropoide que había sido coloreada y pulida para darle un aspecto antiguo y semihumano.

El escándalo que generó tuvo resonancia mundial. El Times llegó a escribir: "El hombre de Piltdown fue el primer ser humano que usó dientes postizos".  Incluso se incriminó en el fraude a Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes, que vivía por entonces en Piltdown.


Pintura de John Cooke en 1915. De izquierda a derecha F. O. Barlow, G. Elliot Smith, Charles Dawson, Arthur Smith Woodward, A. S. Underwood, Arthur Keith, W. P. Pycraft, y Sir Ray Lankester. Charles Darwin en la pintura de la pared.


Una pesada broma

Numerosas pruebas se acumularon contra Dawson, pero en 1979, Stephen Jay Gould, fallecido en 2002, retomó la investigación y propuso una nueva hipótesis: que Piltdown comenzó como una broma que llegó demasiado lejos. Según Gould, quien se apoya en cartas y documentos de la época (ver sus obras El Pulgar del Panda y Dientes de Gallina, Dedos de Caballo), Dawson que era un aficionado y el padre Theilard de Chardin se habían hecho amigos, mientras que el segundo estudiaba en el colegio jesuita de Hasting, y tramaron una impostura para dejar al descubierto la credulidad de los profesionales de la paleontología.

Posiblemente, jamás imaginaron que las lumbreras científicas británicas se aferraran con tanto ímpetu al fraudulento cráneo. La broma se les escapó de las manos. Dawson murió repentinamente en 1916 y Theilard se encontraba de camillero durante la Primera Guerra Mundial. Pocos años después se convirtió no sólo en una figura científica respetada, sino en un personaje de culto como profeta destacado de una nueva era que conciliaba la ciencia y la religión, y no se atrevió a desmontar la superchería.

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Stephen Jay Gould

El apoyo de los científicos consagrados

Como en el caso de Piltdown, el apoyo de los científicos consagrados resulta aún más sangrante porque acaban con la reputación no sólo del defraudador, sino del científico que lo apoya. Por ejemplo, el fraude en que se vio involucrado el premio Nobel David Baltimore; corresponde a la investigadora Thereza Imanishi-Kari del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), quien en noviembre del pasado año fue declarada culpable de 19 cargos de falsificación de datos en un artículo sobre inmunología publicado en 1986.

Baltimore levantó una gran polémica al realizar una encendida defensa de la investigadora del MIT que se vio excluida durante 10 años de cualquier investigación financiada por organismos oficiales en Estados Unidos. Pero en 1996 se revisó su caso y desestimó todos los cargos en su contra. Hoy sigue trabajando como investigadora.

Fraudes en la ciencia: el caso de los fósiles reciclados

Un paradigma de detective científico, sabuesos del conocimiento buscando la verdad es John A. Talent, geólogo de la Universidad Macquarie de Sidney (Australia). En 1987, se extrañó de que unos microfósiles, conocidos como codontos, que sólo se encuentran en una cantera de Estados Unidos, hubieran sido hallados en el Himalaya. Comprobó que el autor de los trabajos era el geólogo Vishwa Jit Gupta de la Universidad del Chandigarh en la India.

Con la mosca tras la oreja, comenzó a revisar otros trabajos del indio y a descubrir irregularidades palpables como que los fósiles del Himalaya se habían comprado en sitios tan lejanos como Marruecos o sustraído de colecciones de otros países. Incluso llegó a publicar varias veces los mismos hallazgos en distintos lugares. En total, 455 artículos de Gupta, de ellos 181 en solitario, y cinco libros, han contaminado el conocimiento biogeológico de la cadena montañosa más famosa del mundo, los Himalaya.

Las falsas informaciones han servido para datar erróneamente los choques de las masas continentales. Desgraciadamente el fraude se propagó a miles de artículos de otros científicos que apoyaban sus investigaciones en datos que consideraban auténticos.

Archaeoraptor liaoningensis: el caso del dinoave

La geología y paleontología por sus peculiares ámbitos de estudio son disciplinas víctimas habituales de engaño. En 1999 la revista National Geographic dedicó su portada al Archaeoraptor liaoningensis, un dinosaurio con alas encontrado en China y que podría convertirse en el eslabón perdido entre los dinosaurios y las aves. Pronto se demostró que se tratan de un collage fósil entre un pequeño carnívoro y un ave.

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El supuesto fósil del archaeoraptor

Shinichi Fujimura: el caso de los fósiles ubicuos

Dramático resultó el caso de un reputado paleontólogo japonés, Shinichi Fujimura, director del Instituto Paleolítico Tohoku, considerado una institución brillante por sus repetidos éxitos para encontrar fósiles. Pero tuvo la desdicha de que le grabaran unos periodistas con las manos en la masa cuando enterraba fósiles que él mismo descubriría tiempo después. Tras el engaño uno de sus ayudantes se suicidó, aunque Fujimura le había exculpado. El propio Fujimura acabó internado en un hospital psiquiátrico.

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Shinichi Fujimura en su momento estelar rodeado de periodistas

Hombre de Orce: el caso del hombre que fue caballo

Hace trece años, José Gisbert descubrió en un yacimiento próximo a la localidad granadina de Orce, una deteriorada mandíbula que parecía llamada a revolucionar la paleontología europea, tan escasa en fósiles humanos. Con la extremada sectud que le conferían el millón y medio supuesto cráneo humano no es más que un fragmento de la quijada de un équido.

En una reunión sobre Cuaternario que se celebró en 1993 en Madrid, un grupo de especialistas españoles aseguró que en Orce no se hicieron las debidas dataciones y que falta la documentación cronológica, especialmente una magneestratigrafía. Si se demostrara que Gisbert encontró sólo un hueso de asno no nos encontraríamos ante un fraude, sino un caso más de “efecto del experimentador”.

Como se señala en la entrada de la Wikipedia, "a día de hoy, el fragmento de cráneo hallado en el yacimiento de Venta Micena está reconocido como homínido".

jueves, 11 de octubre de 2012

Los fraudes científicos


El elevado porcentaje de engaños y errores que jalonan la investigación científica, especialmente en el ámbito médico, ha llevado al Congreso norteamericano a crear una Oficina de Integridad en la Investigación (ORI) que tiene como objetivo examinar los casos de fabricación, falsificación, manipulación o plagio en el ámbito científico. Entre sus actividades se encuentra la publicación de los casos investigados, las iniciales del científico, su ámbito de estudio y el centro para el que trabaja, el engaño cometido y la sanción impuesta.

“A diferencia de otras profesiones en las que la honestidad sólo se considera muy deseable, el gran edificio de la ciencia está construido sobre los cimientos de la honestidad”, dice el médico e historiador de la ciencia Alexander Kohn. Pero eso es teoría, ya que el descubrimiento científico genera honores y cuantiosas regalías que propician actitudes fraudulentas en los ambiciosos.

Los fraudes prefieren las humanidades

Según los especialistas, el fraude es un problema que enturbia con más frecuencia las ciencias sociales y biológicas que las denominadas “ciencias exactas”, debido a que aquellas presentan variables que impiden la reproducción de los experimentos y, por tanto, una mayor facilidad para ser disimulados.

Prácticamente todos los casos de fraude estaban relacionados con investigaciones médicas, psicológicas o biológicas, puesto que resulta más difícil determinar si se miente en que 500 personas desarrollan cáncer de colon por no hacer ejercicio, que, por ejemplo, la aparición de una nova en el firmamento.

Muchas veces, la comunidad científica tarda años en comprobar las aseveraciones que se publican, pero casi siempre acaba por encontrarse el camino correcto, porque un buen engaño es muy difícil de mantener; aunque no cabe duda de que convivimos con falacias que aún tardarán en desterrarse.

Las causas de este comportamiento desviado son múltiples: el reconocimiento social; la consecución de una fortuna personal; la búsqueda de subvenciones para continuar los experimentos o simplemente mantener el puesto de trabajo; la estresante competencia profesional (recordemos que Newton estaba obsesionado porque le reconocieran sus descubrimientos y rabiaba cuando otros sabios como Boyle, pudieran robarle la prioridad de un descubrimiento); y, por supuesto no hay que olvidar que entre los científicos, como entre cualquier otro grupo humano, existen personalidades patológicas capaces de engañar para probar su ‘privilegiada’ inteligencia frente a la de toda la comunidad.

Engaños en la ciencia por doquier

Lo demuestra la variedad y cantidad de engaños que se producen. Ya una encuesta de la revista New Scientist de 1976 dio como resultado que de 201 cuestionarios, 194 científicos encuestados aseguraban conocer al menos un caso de engaño. Otro estudio publicado en Scientific American en 1993 por la doctora Judith Swazey llegó a una conclusión parecida.

La psicología es paradigmática en la manipulación de trabajos. Un estudio de la Universidad de Iowa solicitó a 32 psicólogos los datos en que se basaron sus experimentos e investigaciones, pero ni uno solo pudo aportar un trabajo riguroso y con datos correctos en todos los puntos. A la mayoría, naturalmente, se le habían perdido los datos.

Según un estudio publicado recientemente, el fraude científico se ha multiplicado por 10 desde 1975. El estudio analizaba los trabajos realizados en biología y medicina que se recogen en la base de datos Pubmed la más importante referida a artículos publicados en estos campos.

Hasta 2012, los autores tuvieron conocimiento de 2047 artículos rechazados, el 67 por ciento de los mismos por fraude, duplicación o sencillamente plagio. Estados Unidos, Alemania, China e India, encabezan el ranking de países de origen de los artículos fraudulentos.

Desgraciadamente no se trata sólo de prestigio, poder o vanidad, la ciencia implica a muchos estamentos sociales y a veces es utilizada como una terrible arma política. Desde 1933, la Alemania nazi impuso criterios ideológicos a las conclusiones científicas que acabaron con la farsa aria y el genocidio étnico.

Lysenko en sus momentos de gloria en el soviet.

Lysenko, el caso de la ciencia fraudulenta en el poder

En la antigua Unión Soviética, el agrónomo Trofim Lysenko impuso sus criterios lamarckianos al ámbito científico ruso por el extraordinario poder que acumuló en la cúpula comunista. Las plantas no podían comportarse genéticamente como evolucionistas revisionistas, sino que por ley podrían ser moldeadas genéticamente por las condiciones ambientales, como proponía Lamarck.

Ya que los datos parecían empeñados en demostrar lo contrario, todos aquellos biólogos que se opusieron a estos criterios fueron enviados al Gulag o directamente al paredón.

Consecuencia, en 1950 Lysenko había logrado destruir hasta las raíces la ciencia genética en la antigua URSS. De todos los biólogos soviéticos dedicados a la investigación genética, cinco se hicieron “lysenkoístas”, 77 fueron detenidos, deportados y ejecutados, y más de trescientos tuvieron que cambiar de trabajo.

Los resultados de sus propios experimentos agrícolas y ganaderos fueron un completo desastre, pero no cayó en desgracia hasta el año 1960, a pesar de que ya había trascendido que todos los datos que ofrecieron él o sus colaboradores eran sistemáticamente falsificados, adornados o inventados y nunca se publicaban en revistas especializadas, sino en la prensa popular y repleta de expresiones como ‘lucha de clases biológica’, ‘biología burguesa’, ‘sirvientes del capitalismo’, y otras expresiones de esta guisa.

También asesinas pueden resultar algunas falsas investigaciones, especialmente en el ámbito farmacéutico, donde se mueven muchos intereses económicos que no se paran ante frivolidades de honradez. Un estudio oficial realizado acerca de una compañía farmacéutica estadounidense reveló que de 900 trabajos elaborados sobre los efectos crónicos de varias sustancias comercializadas por los laboratorios investigados, la mayor parte carecía de validez.

Talidomina: el caso del tranquilizante asesino

El siniestro asunto de la talidomida es paradigmático de esta actitud que no resulta infrecuente. La compañía Chemie Gruenenthal, que solo ahora pide perdón, situó en el mercado un tranquilizante, la talidomida, pero ocultó informes y suprimió comunicaciones sobre problemas neurológicos derivados de su consumo. Hasta 1962 se estuvo recetando alegremente a embarazadas con el resultado de ocho mil niños afectados por espantosas malformaciones en 46 países. Para más escarnio, la compañía no pudo ser responsabilizada judicialmente porque no existía un “claro precedente legal”.

Clasificación de los fraudes en la ciencia

El padre de las modernas calculadoras, Charles Babbage, un famoso matemático inglés fallecido en 1871, definió varios tipos de adulteración de la ciencia:

Falsificación. Cuando se registran observaciones que nunca se han realizado, esto es, cuando se miente abiertamente sobre los datos experimentales. Aquí podemos incorporar el plagio, como una mentira acerca de la auténtica autoría del trabajo.

Adorno (maquillaje o apaño). Manipulación de los datos experimentales para hacerlos lucir mejor en los resultados.

Cocina (decantación). Escoger sólo los datos que mejor se ajusten a la hipótesis del investigador y descartar los que no. O, lo que es lo mismo, decir sólo una parte de la verdad.