sábado, 15 de septiembre de 2012

Te quiero: Una perspectiva social sobre el concepto amor

Todos hablan de amor, pero nadie se pone de acuerdo con las definiciones. Otra cosa es el enamoramiento, una experiencia que siempre está ligada al sexo y que, según los biólogos y antropólogos, está genéticamente determinada por la conducta de apareamiento.

¿Quién puede definir el amor, cuando se trata del sentimiento paradójico por excelencia; según los poetas a la vez que éxtasis es tormento y a la vez que proporciona libertad da esclavitud?

Filósofos y trovadores no han dejado de generar escritos tratando de acotarlo en palabras. Pero es imposible. Ese aluvión de literatura ha generado por rechazo una potente corriente de opinión que considera el amor tan solo una actitud cultural, una actividad apoyada socialmente y gestada por los escritores desde hace mil años con la literatura árabe y la sublimación poética de los trovadores.

Lo cierto es que hasta hace pocos años los científicos no habían concedido importancia a ese sentimiento y lo habían despreciado como materia de estudio. Incluso se ha tratado de explicar la universalidad del amor como un proceso de alucinación colectiva. A lo sumo, un atavismo cultural que podría explicar la antropología.

En todas las culturas del mundo existen relaciones amorosas

Esa idea es la que sostienen psicólogos como Leo F. Buscaglia (fallecido en 1998) que impartía cursos sobre el amor, ya que lo consideraba una "emoción o respuesta aprendida" y por lo tanto el hombre necesita aprender a amar, "en relación directa con su habilidad para aprender en general, y con aquellos de su ambiente que le enseñan, así como con el tipo, extensión y sofisticación de su cultura. Estructuras familiares, prácticas de cotejar, leyes matrimoniales, tabúes sexuales, por ejemplo, varían según el lugar en que uno vive". En definitiva, "la forma en que cada uno aprende lo que es amor, será determinada , de alguna manera, por la cultura en la que se eduque".

Pero, el trabajo del antropólogo estadounidense Edward Fischer, profesor de Antropología y Director del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Vanderbilt, demostraron que en 147 de las 166 culturas de todo el mundo estudiadas por diferentes equipos de investigación existen relaciones amorosas del mismo tipo que en Occidente y, los resultados negativos de las restantes tienen que ver más con una falta de información por parte de los antropólogos que con la ausencia de euforia amorosa en sus habitantes. Si se trata de un fenómeno tan universal, al margen de la educación, el fenómeno amoroso debe tener una base biológica.

Desde hace aproximadamente treinta años, los biólogos, químicos, psiquiatras y antropólogos se han lanzado a desentrañar los comportamientos y reacciones cerebrales que se desencadenan cuando surge el amor. Y, la respuesta ha sido sorprendente. Libros que se venden por cientos de miles, artículos de portada en revistas internacionales, congresos específicos sobre el tema y un interés del público como nunca se había conocido.

Amor y química cerebral

Las conclusiones de los científicos en su mayor parte han partido, sostenido y confirmado las tesis evolucionistas. Existe una tendencia genética hacia el amor. Estamos programados por nuestros genes para amar; y para despertar en los humanos esa compulsión, utilizan la química cerebral.

Para muchos psicólogos la definición de amor debe abarcar otro tipo de experiencias que no sean las propias del enamoramiento entre dos personas, sin excluir ésta. Como dice uno de los grandes teóricos del amor, Erich Fromm (fallecido en 1980), que recoge y sintetiza el pensamiento de otros filósofos y psicólogos, "para la mayoría de la gente, el problema del amor consiste fundamentalmente en ser amado, y no en amar, no en la propia capacidad de amar".

Para Fromm, "el amor es la preocupación activa por la vida y el crecimiento de lo que amamos", por lo tanto, el ser humano requiere una actividad continua que haga florecer el amor, lo cual le impide circunscribir ese sentimiento sobre un sólo objeto, hombre o mujer.

Con la palabra amor designamos numerosas formas de relacionarnos con los demás

Fromm, además del "amor erótico", que otros llamarán enamoramiento, esto es, una relación vinculada con el sexo, distingue el "amor fraternal", que considera la forma más básica de amor, por el que se entiende el sentido de responsabilidad, cuidado, respeto y conocimiento hacia otro ser humano, regido por el mandamiento de "Amarás al prójimo como a ti mismo". Se trata de una experiencia de solidaridad y de unión con otros miembros de tu especie, especialmente los más allegados.

En otro nivel funciona el "amor materno", que no es sólo un acto de responsabilidad para conservar la vida del niño, sino algo más importante para Fromm, la inculcación en su hijo del amor a la vida. También es necesario contemplar el "amor a sí mismo", que nada tiene que ver con el egoísmo o la vanidad.

Según Fromm, "las personas egoístas son incapaces de amar a las demás, pero tampoco pueden amarse a sí mismas". Se trata de asumir el concepto de unicidad con todas las cosas y de un trabajo de autoaceptación que hoy en día está en la base de muchas terapias psicológicas. Sondra Ray, divulgadora del rebirthing o "renacimiento", una de estas nuevas terapias, dice que "si te amas a ti mismo, automáticamente les das a los demás la oportunidad de que te quieran. Si te odias, no permites que los demás te quieran. Si tienes poco amor propio y una persona te quiere y te acepta, la rechazas, intentas que cambie o piensas que te miente".

¿El amor a dios es amor?

Por último, Fromm contempla el "amor a Dios", que para entenderlo es necesario conocer el concepto de "separatividad" en el que este psicólogo hace hincapié. El ser humano necesita amor porque tiene conciencia de sí mismo como una entidad separada, que ha de vivir y morir en soledad. A causa de esa separatividad, que considera una prisión y que le produce una intensa angustia, toda su vida es una constante búsqueda de experiencia de la unión, especialmente con personas del sexo contrario.

La forma religiosa del amor, el denominado "amor a Dios" es muy parecido, aunque de índole estrictamente mental. En Dios se resuelve el conflicto de la separatividad, uno se hace uno con el todo, alcanza la trascendencia.

Otros autores, amplían este esquema con el "amor a cosas u objetos inanimados", "amor a los animales", "amor a la belleza", "amor a la Naturaleza", "amor a ideales" y "amor a actividades o formas de vida".

Evidentemente se pueden consignar un buen montón más, pero la forma que más interesa a todo el mundo, es el amor a los demás, especialmente a las personas de sexo contrario. Y al conocimiento sistemático de esa forma de amor es a la que se han lanzado los científicos.

El nacimiento del amor fue fundamental para la evolución del ser humano

Por un lado, las tesis neodarwinistas, impulsadas por la sociobiología, que conceden al amor un papel muy importante en la evolución de las especies, incluida la humana. El doctor Julian Boon, por ejemplo, profesor en la universidad británica de Leicester, está convencido de que la base del amor reside en la genética. Argumenta que si la gente no hubiera descubierto el amor y el atractivo sexual, la raza humana no habría sobrevivido. Según esta teoría este comportamiento sexual está controlado por nuestros genes: "Aquella gente para quienes el amor ha generado extrañas y placenteras emociones sería quienes han hecho el amor y han tenido hijos".

La evolución ha dotado así a la mujer de atractivos sexuales que predisponen al hombre hacia una acción amorosa con el objeto de reproducirse. El amor sirve pues "para aumentar las probabilidades de apareamiento sexual y afianzar así la supervivencia de la especie", en palabras del psiquiatra estadounidense Scott Peck, fallecido en 2005. O para expresarlo de una manera más cruda, "el enamorarse es un ardid que nuestros genes usan con nosotros para nublar nuestro espíritu, que de otra manera sería perceptivo, y engatusarnos y hacernos caer en la trampa del matrimonio".

Esa es la tesis que ha divulgado con notable éxito Richard Dawkins, autor de El gen egoísta, en el cual trataba de explicar las bases biológicas de nuestra conducta, entre ellas la amorosa; y de Helen Fisher, autora de El contrato sexual y Anatomía del amor, que partiendo de los protohomínidos, disecciona con minuciosidad los procesos sexuales y de enamoramiento. En otra entrada puedes leer una entrevista que realicé a la famosa doctora en 1993.

El amor da beneficios genéticos

Para esta antropóloga estadounidense, hace unos ocho millones de años, las hembras más amorosas y más activas sexualmente, lograron enormes beneficios genéticos. Su capacidad maternal era mayor que la de las demás hembras, su período de gestación era menor y al tener períodos de celo con más frecuencia, recibían mayores atenciones de un cortejo de pretendientes. Consiguió mayores probabilidades de supervivencia para su prole la hembra que logró que un macho copulase sólo con ella, o especialmente con ella, ya que la defendía y alimentaba.

También se desarrollaron rasgos anatómicos destinados a atraer a los machos, como señala el antropólogo británico Desmond Morris en El mono desnudo, la mayor parte en la zona frontal del cuerpo. Esos rasgos coinciden con zonas erógenas: lóbulos carnosos en las orejas, narices protuberantes, labios rojos hacia afuera, como remedo de los genitales, y pechos voluminosos; "señales sexuales que invitaban a la cópula frontal", dice la doctora Fisher.

En el hombre también se desarrollaron atractivos sexuales como el pene, ya que tiene el pene más largo de todos los primates, incluso los gorilas. Pero los antropólogos no encuentran más explicación para ese poco práctico tamaño que el del goce sexual. "Es evidente -dice Helen Fisher- que su tamaño evolucionó hace mucho tiempo porque a las mujeres les gustaban los hombres con penes grandes".

El apareamiento frontal dio lugar al amor

Todo ello hizo del apareamiento frontal la práctica sexual preferida por los humanos, a diferencia del resto de sus antepasados homínidos. La mirada, los gestos, los atractivos físicos, la intimidad del acto y otras circunstancias que desconocemos, fueron fraguando una pócima interna de sustancias químicas y secreciones hormonales que dieron lugar a conductas, expresiones, actividades que conocemos con el nombre de amor.

Todos los procesos amorosos son cuestión de química cerebral. Es una tesis atrevida y que sufre una gran contestación por parte de los sectores científicos más conservadores y religiosos. Ellos ven que este tipo de teorías conducen a identificar el sexo  con el amor y a convertir el atractivo sexual y la copulación en un fin en sí mismos, sin el sentimiento de trascendencia que debe poseer todo acto amoroso. Para ellos, el amor es un sentimiento espiritual que trasciende el sexo y la relación de pareja.

El contenido espiritual y romántico que poseía el amor se perdió con Freud, para el cual, ese sentimiento es básicamente un fenómeno sexual, casi irracional. Suponía, como Darwin, que el hombre está movido por un insaciable deseo de conquista sexual de todas las mujeres, y que sólo la presión social le impide obrar como realmente desea. Las consecuencias de esta represión son los celos de los hombres y la competencia.

La búsqueda de la satisfacción sexual como sucedáneo del amor y como refugio de la soledad

La realidad es que uno de los males de nuestra sociedad es la búsqueda de la satisfacción sexual como sucedáneo del amor y como refugio de la soledad. El amor va más allá del placer, lo cual parece no haber calado en nuestra sociedad que quiere resultados inmediatos y cuantificables de cualquier actividad o sentimiento. El acto sexual es una experiencia transitoria que puede darse a la vez que el amor, pero que no dejan de ser fenómenos separados.

Para el psiquiatra M. Scott Peck, el amor es "la voluntad de extender el sí mismo de uno con el fin de promover el crecimiento espiritual propio o de otra persona". Según Scott, todas las parejas deberían aprender a aceptar la individualidad de cada cual y su separación como única base sobre la que puede fundarse un matrimonio maduro y hacer crecer un verdadero amor. Para lograr esa experiencia de amor verdadero hay que derribar las fronteras del yo, los límites de uno mismo, extendiéndolos hacia el objeto amado cuyo crecimiento deseamos promover.

Imagen:

Pierre Auguste Cot (1837–1883). Le Printemps. 1873. Appleton Museum of Art. Ocala, Florida

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