sábado, 22 de septiembre de 2012

El amor como experiencia mística

La expresión "unión mística" sirve al psiquiatra norteamericano M. Scott Peck para describir la sensación de fundirse con el universo que se siente en el momento del orgasmo. En el amor verdadero, el sentimiento místico es permanente, es decir la sensación de que toda la realidad es una. El místico cree que nuestra percepción del universo no es más que una ilusión.

Las cosas que nos rodean no están separadas. "Maya" denominan los budistas a esa falsa percepción del universo. Casi todos los místicos coinciden en que la verdadera realidad se capta cuando uno ha dejado de considerarse un objeto separado y distinto del resto del universo.

En ese momento, el hombre toma conciencia del todo y adquiere la condición de iluminado o de santidad. También en la tradición occidental, el misticismo está asociado a actos de amor, aunque no carnales, sino espirituales. La poesía de San Juan de la Cruz o los arrebatos literarios de Santa Teresa de Ávila así nos lo demuestran. Las palabras del místico dominico, del siglo XIV, Eckhart, son muy elocuentes: "Si me transformo en Dios y Él me hace uno Consigo mismo, entonces, por el Dios viviente, no hay distinción alguna entre nosotros... Alguna gente cree que va a ver a Dios como si estuviera allí, y ellos aquí, pero eso no ha de ocurrir. Dios y yo somos uno. Al conocer a Dios, lo tomo en mí mismo. Al amar a Dios lo penetro".

Para los taoístas, el amor místico, la aspiración de todo hombre debe estar encaminada a "ser uno con el Tao". El escritor Aldous Huxley, muy interesado por el misticismo da un repaso a todas las tradiciones sagradas en un artículo titulado "La filosofía perenne" y extrae la conclusión de que la unicidad, el acto de amor absoluto es el estado de Iluminación, la perfección espiritual, una visión momentánea del paraíso.

Los neurofisiólogos han menoscabado la importancia de ese estado y lo han explicado como consecuencia de una sobredosis de endorfinas, las drogas endógenas que produce nuestro cerebro, a consecuencia de ayunos prolongados y meditaciones exhaustivas.

Imagen
Bernini, Éxtasis de Santa Teresa, 1651, Iglesia de Santa María de la Victoria, Roma

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