lunes, 17 de septiembre de 2012

¿Cómo elegimos pareja?


¿Estamos predestinados a una determinada pareja? ¿Existe realmente nuestra media naranja? No, pero en nuestros genes portamos toda la información precisa para que sintamos predilección por un determinado espécimen del sexo contrario.

Todos tenemos una imagen mental de las personas, y especialmente del chico o chica con el que nos gustaría emparejarnos. A esa pareja ideal que se forma en la nebulosa de nuestros pensamientos la denominan los psicólogos, "el modelo interno". Como casi todo en los comportamientos sociales, la elección de la pareja ha sido estudiada por los psicólogos que han trabajado con multitud de parejas casadas para saber quién eligió a quién, y, la conclusión es que, por regla general, los miembros de cada pareja se parecen el uno al otro, aunque sólo sea ligeramente, en casi todos sus rasgos físicos.

La medida de nuestra pareja

Grupos de trabajo de lugares tan dispares como Polonia, Estados Unidos o Chad, han medido en las parejas de sus pueblos parámetros tan sutiles como el ancho de la nariz, la longitud del dedo medio, la distancia entre los ojos o el largo del lóbulo de la oreja, entre otros muchos.

Resultado: nos casamos con alguien parecido a nosotros, o mejor dicho a nuestros padres. En este sentido, la mejor pareja sería nuestro hermano o hermana o algún familiar muy cercano. Para conseguir que los genes se diversifiquen y no queden reducidos a una sola familia, la evolución y la cultura nos han dotado del tabú del incesto, que no sólo se encuentra entre los humanos, sino en muchos otros animales. La endogamia es común entre muchas especies, ya que los genes tienen más probabilidades de promover individuos más capaces cuando los genes de un grupo familiar, tribal o étnico, se mezclan con los de otro, según las teorías neodarwinistas.

Afinidad ideológica y personalidad importan para elegir pareja

Nuestra actitud de adultos hacia el otro sexo viene condicionada desde muy pequeños, cuando el mundo de relaciones satisfactorias que nos rodea se reduce al núcleo familiar. Es decir, que de mayores nos fijamos en personas que se parecen a las que nos cuidaban y amaban cuando niños. No es que todos actuemos así, pero esas circunstancias se dan en un buen número de casos. De hecho, los estudios parecen demostrar que para elegir pareja pesa más la afinidad ideológica y la personalidad, que los rasgos físicos.

Según los psicobiólogos, que han bautizado esta teoría como de "la pelirroja rolliza", la elección de la pareja se realiza, teóricamente, de la siguiente manera: si somos varones y nuestra madre y hermana son pelirrojas y rollizas, creceremos con la certeza de que las mujeres más excitantes son las pelirrojas rollizas.

Como se trata de un modelo físico difícil de encontrar, nuestra elección dependerá de otros rasgos físicos y psicológicos: sus opiniones sobre política, los niños, la religión o el valor que concede al dinero. Unos pocos se emparejarán con rollizas y muchos menos con pelirrojas, pero la gran mayoría acabaremos con parejas que no reúnen ninguno de estos dos rasgos.

La cuestión que se intenta dilucidar ahora es si el "modelo interno" se hereda o se aprende. Los experimentos realizados con animales, en este caso codornices japonesas, parecen indicar que el macho prefiere a las codornices hembra con un plumaje del mismo color que las que se criaron con él, aunque, curiosamente, suelen rechazar a las hermanas. En este caso parece que la herencia genética actúa de algún modo.

Importancia de la herencia genética para elegir pareja

Entre ratas y ratones de laboratorio a los que se perfumaba, ocurría algo parecido. Los descendientes de las ratas perfumadas preferían a las hembras perfumadas con las que copulaban con más frecuencia y eyaculaban más rápido. Según el escritor Jared Diamond, en la revista estadounidense Discover, "los machos habían aprendido a excitarse sexualmente con el olor de mamá, no habían heredado ese conocimiento".

Así pues, la discusión sigue abierta. Sobre lo que no parece existir duda es que nacemos predispuestos contra el incesto, aunque reforzamos ese instinto con el aprendizaje. Un estudio que realizaron psicólogos israelitas sobre 2.796 personas criadas en un kibbutz, granjas israelitas que son a la vez escuela y vivienda para muchos niños judíos, mostraron que no se casaban ni mantenían relaciones sexuales entre ellos. Lo mismo suele suceder con hijos adoptivos que se han criado juntos. La conclusión parece clara, aunque con matices: el tabú del incesto no sólo se aplica a hermanos, sino a todos aquellos con los que nos hemos criado, aunque no tengamos la misma sangre.

Imagen
Pareja junto al mar

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