viernes, 20 de julio de 2012

¿Tiene algún sentido la existencia?


A la condición de los seres vivos, por muy minúsculos que sean, de poseer una finalidad se le denomina teleología o teleonomía, del griego telos, que implica la idea perfecta y completa anticipada a la existencia del organismo. Si bien casi podemos establecer que el programa existe, nada sabemos sobre el programador: una deidad, un “punto omega”, el sueño de un ser humano, o un gigantesco cerebro que ocupa todo el universo. Todo es un profundo arcano.

Enigmáticamente se combinan las partículas, que misteriosamente sólo tienen carta de existencia cuando se las observa y que insólitamente se combinan entre ellas para producir átomos y moléculas complejas que, de modo aún misterioso, se organizan en seres vivos, los cuales, por motivos aún desconocidos, son cada vez más perfeccionados (si partimos de la premisa de que el hombre es un ser más evolucionado que un estafilococo, lo cual no dejará de dudar mucha gente).

La vida es un puro enigma

Especialmente éste: ¿Cómo pudo engendrar la materia inerte lo que conocemos como materia viva? No se sabe, pero se avanzan hipótesis. Como la de los cosmólogos Fred Hoyle y Chandra Wickramasinghe, quienes consideran que microorganismos llegados del espacio exterior dieron origen a la vida en la Tierra, pues de ninguna otra forma se entiende que hasta el más sencillo de los sistemas biológicos sea increíblemente complejo ya que es capaz de replicarse, de reproducirse. Para ello se basa en una molécula de ADN que contiene un programa de réplica para conseguir cada vez mejores adaptaciones al medio.

El que exista un proyecto o fin determinado en la evolución de la vida es, por supuesto, la tesis más heterodoxa dentro del mundillo científico. La más aceptada asegura que no existe ningún proyecto cósmico de ningún tipo y que simplemente el azar ha sido el que ha dado lugar a una molécula extraña, tras millones de años y multimillones de combinaciones entre elementos químicos.

Sopa primordial

Los experimentos de Stanley Miller y Harold Urey en 1953 parecen confirmar esta hipótesis. Miller hizo pasar una chispa eléctrica en medio de una mezcla de gases y obtuvo algunas moléculas básicas de la vida, aunque el experimento no es ni mucho menos concluyente. Al caer esas moléculas en el agua de los océanos, la denominada ‘sopa primordial’, se produjo, con el correr de los eones una enorme combinación de colisiones azarosas entre moléculas que produjo una nueva con la capacidad mágica de dividirse y hacer copias de sí misma.

Como dice el astrónomo de la NASA, Robert Jastrow, “en la actualidad, los descendientes de aquellas moléculas autorreplicantes se encuentran por todas partes sobre la Tierra; se trata de las moléculas denominadas ADN, que constituyen el núcleo de cualquier cosa viva”.

Imagen:
Cadena de ADN

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