martes, 10 de julio de 2012

Tecnofobia: ¿Por qué a algunos nos cuesta tanto manejar las máquinas?


Que te hablen de superordenadores cuando eres incapaz de aprender a usar el tuyo es un poco fuerte. Eres de los que odian el teléfono móvil, de los que no se calientan la comida por no utilizar el microondas y de los incapaces de programar el video. Pero no sufras, esa es una actitud más común de lo que supones y no te consideres un bicho raro, sólo eres un tecnófobo.

Conozco varios escritores, incluyéndome, capaces de hablar maravillas de nuestra época tecnológica y de todos los adelantos que nos proporcionan los ordenadores, pero incapaces ellos mismos de utilizar una computadora para sus escritos porque son unos auténticos ineptos a la hora de usar la tecnología. A Isaac Asimov también le sucedía lo mismo, el cual definió la tecnofobia como "el temor enfermizo al avance tecnológico".

En efecto, es muy honesto temer las radiaciones electromagnéticas que puede desprender un microondas o un ordenador, pero un divulgador de las nuevas tecnologías que escriba aún en máquina de escribir, resulta cuando menos chocante.

Miedo a la tecnología

Los más jóvenes no sufren ese problema, excepto si adoptan una actitud de protesta social contra la uniformidad que impone la tecnología, pero las generaciones anteriores, como decía el contemporizador Eduardo Haro Tecglen, "han sido educadas, aún contra su voluntad, en la obsesión de los valores espirituales y no cree en la máquina; menos, en la cibernética, en la electrónica, aunque viven permanentemente rodeados, cercados por ella para su beneficio".

El propio Asimov explicaba así este rasgo de personalidad: "el pensamiento de abandonar lo que ya se sabe y aprender de nuevo algo diferente es terriblemente atemorizador". El miedo a la tecnología para Asimov es "el mismo temor que impide al mundo aceptar un calendario sensato en lugar del que tenemos ahora, o simplificar la ortografía de las palabras".

Lo malo es la impotencia que las nuevas tecnologías producen a estos ciudadanos. ¿Acaso no te has muerto de vergüenza cuando veías crecer la cola ante el cobrador automático de los aparcamientos públicos, porque te veías incapaz de hacerlo funcionar? Sí, los aparatos conviven con nosotros y facilitan nuestra vida, pero cuando no sabemos sacarles provecho nos sentimos unos auténticos parásitos sociales, incapaces de convivir con el resto de los mortales.

Las máquinas determinan nuestra vida

Es evidente que la técnica ha reportado enormes beneficios para el ser humano, pero le cuesta una disminución de la libertad. Como dice el abogado y escritor medioambientalista Jeremy Rifkin, "cada día se aleja más de su propio yo. Es completa su entrega a esa criatura suya que es la técnica. Las máquinas determinan su horario de trabajo y sus horas de ocio".

Algunos psicólogos hablan de saturación de estímulos, aquellos "que aturden al hombre de la calle, incapacitado para asimilar y juzgar con criterio propio todo ese alud de datos". Y lo peor es que no nos enseñan a enfrentarnos con estas situaciones, ya que la tecnología no forma parte de ningún plan de estudios de enseñanza escolar, a pesar de que cualquier niño aprende antes a comunicarse con la backberry que a expresarse de manera coherente. Es necesario educar a la gente, responsabilizándoles de la técnica que usan en todos sus aspectos, científicos, sociales, medioambientales y económicos.

Los aparatos que nos rodean no sólo nos hacen la vida más fácil y placentera, sino que modifican el mundo que nos rodea y nuestro modo de pensar. Y esto sucede cada vez más, especialmente por el uso de ordenadores, artilugios que reconfiguran nuestra visión del mundo.

Precisamente el ordenador es el campo de batalla de una legión de intelectuales que lo han satanizado y le achacan buena parte de los males presentes y futuros de la humanidad.

Hay que aprender a decir no

Simon Davies, por ejemplo, director general de la organización Privacy Internacional, promueve la conciencia ciudadana para oponerse a los abusos contra los derechos humanos que conlleva la expansión informática. "Hay que aprender a decir no –explica con vehemencia–. No a las empresas, no a las instituciones públicas que nos piden datos personales para introducirlos en sus bases informáticas y que tratan de asignarnos un número de control. Si no paramos la invasión informática, dentro de 10 o 20 años, el futuro será del Gran Hermano (en referencia al organismo que controla hasta los aspectos más sencillos de la vida de la novela 1984 de George Orwell)".

Para Davies, la combinación de tecnologías que proporciona la informática, la genética y las telecomunicaciones van a convertir nuestra sociedad en una pesadilla digna de Orwell.

El activista Kirpatrick Sale, autor de un manifiesto titulado Rebeldes contra el futuro, presume de escribir con máquina de escribir y de haber destruido a martillazos unos cuantos ordenadores: "La tecnología es cada vez más compleja y sus efectos, más y más perversos. Nos estamos haciendo esclavos de las máquinas y vivimos en una auténtica tecnoesfera. Hemos perdido el contacto real con las cosas".

Clifford Stoll, astrónomo y pionero de Internet, también se ha sumado a esta corriente tecnófoba: "Creo que va siendo hora de que alguien se levante y le diga a las gentes que el ciberespacio es un universo inexistente, una alucinación, la nada absoluta".

Por todos los sitios surgen voces contra la tecnología, pero los intereses gubernamentales, industriales y de las empresas de ocio y telecomunicaciones, los apagan con insistencia en los medios de comunicación.

La resistencia contra la máquina comienza ahora a organizarse. El Lead Pencil Club, por ejemplo, reivindica la olvidada costumbre de escribir a mano, ya que consideran que escribir a mano, permite reflexionar sobre lo que se escribe.

El culto a la información

Theodore Roszack, un filósofo de reconocido prestigio, ha escrito El culto a la información, donde arremete contra "los intereses comerciales que pretenden hacer que el ordenador controle nuestras vidas privadas" y nos previene contra el fatal advenimiento de lo que él denomina "la familia electrónica".

El camino parece trazado irremediablemente hasta el punto que algunos lo observan con desesperación y se desequilibran, como sucedió con el profesor universitario estadounidense Theodor Kaczynski, más conocido como Unabomber, condenado a cadena perpetua por enviar a lo largo de 17 años, paquetes bomba que mataron a 3 personas e hirieron a 23. Su manifiesto abogaba por una vuelta a la vida natural y al abandono de la tecnología que ha privado al ser humano de su autonomía. "La revolución industrial –escribe–, y sus consecuencias han sido un desastre para la raza humana. Las máquinas han aumentado la esperanza de vida de los que vivimos en países avanzados, pero han desestabilizado la sociedad y han condenado a los seres humanos a la indignidad".

El artefacto se convierte en el acontecimiento

Con la máquina suceden cosas muy curiosas: delegamos en los aparatos, como si a través de ellos captáramos un mundo más real que el nuestro propio. Por ejemplo, grabamos el acontecimiento, "y el acto de grabarlo se convierte entonces en el acontecimiento. Tenemos que ver la cinta para ver lo que habríamos visto si hubiésemos estado mirando". Eso dice el escritor norteamericano Donald A. Norman, quien cree que "estamos tan ocupados manipulando, apuntando, ajustando, encuadrando, equilibrando y preparando nuestro equipo que el acontecimiento desaparece. El artefacto se convierte en el acontecimiento".

Otro de los argumentos que se utilizan contra la tecnología salvaje es un problema de eficacia. Los libros se han conservado y transmitido durante cientos de años; los datos contenidos en la tecnología actual, no van a servir dentro de 50 años, porque para entonces esos sistemas se habrán transformado completamente. Ese es el caso de miles de carretes magnetofónicos que posee la NASA sobre datos registrados por satélites que contienen una información muy valiosa para elaborar una reciente historia meteorológica y ecológica del planeta. Sin embargo, esas cintas tienen un formato tan anticuado que son incapaces de ser descifradas por los ordenadores actuales.

El comunicólogo y prospectivista Alvin Toffler no fue muy optimista respecto a la relación que podamos entablar con la tecnología en el futuro y cómo va a afectar a nuestras relaciones con los demás. Y eso que Toffler es uno de los más apasionados defensores de la técnica como facilitadora de bienestar y felicidad para la humanidad. Según Toffler, "en Estados Unidos, en muchísimas casas hay ordenadores personales y el niño de 4 o 5 años ya empieza a aprender a relacionarse con una máquina impersonal antes que con los seres humanos, o con un perro, o un gato. Eso para mí es espantoso y va a tener efectos que todavía no podemos imaginar".

Imagen: Tiempos modernos de Charles Chaplin

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