viernes, 20 de julio de 2012

¿Somos los seres vivos algo más que robots en manos de los genes?


Todo el código genético de un organismo recibe el nombre de genoma. Todo el genoma humano corresponde aproximadamente a cien mil genes. Ese es el mensaje que tenemos que transportar los humanos hasta el fin de los tiempos. Ese parece ser el sentido de la vida: una reproducción sin paliativos para llevar un mensaje al futuro.

Los genes controlan la vida

Algunos científicos como el darwinista Richard Dawkins asegura que los genes son los que controlan realmente la vida en el mundo. Para Dawkins, los humanos (como el resto de los animales) sólo somos robots lerdos y gigantescos programados a ciegas con el único fin de perpetuar a los genes. Ellos son los que han podido sobrevivir a 4.000 millones de años de inclemencias planetarias y cataclismos cósmicos, creando organismos cada vez más sofisticados en los que resguardarse.

Según este profesor de etología de la Universidad de Oxford, el gen no tiene ninguna cualidad divina, sino que fue tan sólo una afortunada y accidental combinación de elementos básicos que se encontraron con la extraordinaria propiedad de crear copias de sí mismo. Ahora es la unidad de reproducción que sobrevive a costa de seres sucesivos, cada vez mejores: peces en el agua, aves en el aire, incluso bacterias que no necesitan oxígeno en el interior del planeta.

El gen egoísta

El gen nos domina y nos convierte en seres egoístas, y sólo en ocasiones en altruistas (pero en este caso se trata de un comportamiento que sólo sirve para alcanzar mejor un objetivo egoísta). Su libro El gen egoísta sorprende especialmente por lo fundamentado de su tesis.

Afortunadamente, no todos los científicos están de acuerdo y comprenden el gen como el organismo poseedor del secreto de la existencia, el santo Grial de la bioquímica. Y piensan que en él se encuentra el misterio de cómo consiguen las células saber que tienen que ser de brazo y no del hígado, siendo su contenido genético exactamente el mismo.

El misterio de las formas biológicas

Como dice Paul Davies, lo más intrigante del enigma de las formas biológicas “es el aparentemente milagroso desarrollo de un embrión a partir de una única molécula fertilizada, constituyendo una entidad más o menos independiente y de una complejidad fantástica, formada por muchos tipos de células especializadas que llegan a originar músculos, huesos, nervios, etc. Se trata de un proceso supervisado de alguna forma con un grado pasmoso de detalle y precisión, tanto en el tiempo como en el espacio”.

¿Por qué a lo largo de los años tenemos el mismo rostro si nuestras células se renuevan sin cesar? Eso se preguntó también el biólogo británico Rupert Sheldrake, una de las figuras más heterodoxas de la moderna ciencia. Y él mismo trató de contestarse con la hipótesis de la causación formativa y los campos morfogénicos.

Los campos morfogénicos

Para Sheldrake, el plan global, la información formativa no se almacena en el ADN, sino en unos campos de naturaleza física completamente nuevos causantes de la morfología de todos los seres, vivos e inertes. Ese campo almacenaría la información sobre la forma definitiva del embrión guiando su desarrollo a medida que crece. Una vez que existe esa forma en la naturaleza, establece su propio campo morfogénico estimulando la aparición de esa misma forma en cualquier otro sitio.

El más conocido es el ejemplo de los cristales. Es un hecho bastante conocido entre los científicos que, cuando se ha sintetizado un nuevo producto, se puede tardar años en conseguir su cristalización. Por fin, un día, un investigador logra el cristal, pero curiosamente, a partir de entonces, se produce una reacción en cadena y dejan de existir dificultades para hacer cristalizar el producto.

Imagen:
Rupert Sheldrake

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