domingo, 29 de julio de 2012

Los graves problemas y desequilibrios de la alimentación mundial


A los desastres medioambientales como la sequía y la desforestación hay que añadir los gravísimos problemas de contaminación que producen fertilizantes y plaguicidas. Se calcula que más del 90 por ciento de los plaguicidas no afectan a las plagas que persiguen, pero sí contaminan las tierras, el agua y el aire. Los enormes gastos que conlleva este tipo de agricultura no pueden ser soportados por los campesinos minifundistas, sólo por terratenientes y empresas agroindustriales. Según datos que ofrece Jeremy Rifkin, 29 empresas poseen más del 21 por ciento de toda la tierra cultivable de los Estados Unidos.

Estas compañías controlan el 51 por ciento de las verduras frescas, el 85 por ciento de los cítricos, el 97 por ciento de los pollos para asar y el 40 por ciento de los huevos. Como se señalaba en un programa de televisión norteamericana, “cuando un estadounidense se sienta a cenar existen muchas posibilidades de que su pavo proceda de Greyhound, su jamón de ITT, sus verduras de Tenneco; sus patatas de Boeing, y sus frutos secos de Getty”.

Otro problema añadido con el que nadie contaba hace dos décadas es la pérdida de variedad genética; la desaparición inadvertida de bancos de genes de numerosos países, especialmente asiáticos. En la India, por ejemplo, existían 30.000 variedades de arroz en 1980. De todas ellas, se calcula que actualmente se cultivan unas 12. Con esta uniformidad, las cosechas se encuentran a merced de cualquier plaga. Las del maíz, por ejemplo.

Pagar por los propios genes

Allá por 1970, todo el supermaíz plantado en Estados Unidos estuvo afectado por una epidemia de hongos con pérdidas de 2.000 millones de dólares. Los ingenieros agrícolas descubrieron que en territorio maya se encontraba una variedad arcaica con resistencia al hongo. Pronto, los científicos hallaron el gen que proporcionaba la resistencia a la planta y lo incluyeron en sus propias variedades. De esta manera, los mexicanos están pagando mucho más, en forma de royalties, por consumir un maíz que ha sido tratado con el gen de la planta que se encontró en sus tierras. Un negocio redondo.

La mentalidad que se trasluce tras esta economía hiperproductiva no dista mucho de aquella que impulsó el colonialismo europeo hace 500 años y que representó el pistoletazo de salida para la destrucción masiva del planeta, a pesar de que el ser humano lleva más de 10.000 años empeñado en labores agrícolas.

Historia de un despropósito

Los historiadores consideran el cultivo de la caña de azúcar como el primer producto agrícola que contribuyó a cambiar decisivamente la faz del mundo. Había sido importada por los cruzados y su precio era tan elevado en el mercado que pronto se buscaron climas apropiados para su producción masiva. Madeira y las Canarias fueron las primeras afectadas. Sus bosques fueron arrasados por los colonizadores que plantaron caña de azúcar y utilizaron como esclavos a los guanches, quienes desaparecieron prácticamente del mapa. El Caribe sustituyó a las islas atlánticas en producción azucarera, pero ello supuso además del ecológico, un desastre humano, ya que para trabajar la caña se trasladaron decenas de millones de esclavos.

Junto con la caña de azúcar, Colón llevó a América en septiembre de 1493, plantas y animales que pronto se desarrollarían en las nuevas tierras: cerdos, caballos, vacas o trigo. 50 años después de esta fecha, ya se encontraban manadas de vacas en zonas tan alejadas de Haití como Florida, México y Perú. Hacia 1700 existían 50 millones de vacas salvajes en el continente. En Australia sucedió lo mismo y pronto se encontraron con millones de vacas,ovejas, caballos, camellos y cerdos salvajes.

Junto a los animales se trasladaron desde Europa hierbas que sustituyeron a las autóctonas, incapaces de soportar un ritmo intensivo de apacentamiento. Un ejemplo lo ofrecía la zona de Buenos Aires en 1877, donde crecían 153 variedades de plantas europeas que 50 años más tarde habían colonizado a las autóctonas hasta reducir su presencia a la cuarta parte. En Nueva Zelanda, una vez que se introdujo la abeja europea proliferaron nuevas plantas hasta el punto que de las actuales, la mitad de las hierbas proceden de Europa.

La colonización europea fue un desastre para la variedad agrícola

Con los colonizadores europeos, la economía agrícola de muchos países sufrió una profunda remodelación que alcanza hasta nuestros días. Por ejemplo, los holandeses transformaron Indonesia y las islas exteriores para la producción de té, azúcar, café, tabaco y caucho para la exportación. En 1945, con la independencia de Indonesia, la economía del país dependía de fluctuaciones de estos productos en el mercado internacional.

Como dice el historiador Clive Ponting, “países que habían sido en gran medida autosuficientes en lo que se refiere a alimentos y que producían cultivos principalmente para los mercados locales pasaron a formar parte de una economía mundial dominada por Europa, sus colonias blancas y Estados Unidos”.

En la actualidad, se mantiene la misma tónica: mientras siguen aumentando las cosechas para la exportación en los países del Tercer Mundo, la producción alimentaria para el consumo interno se encuentra estancada, por lo que estos países se ven en la obligación de adquirir alimentos en el mercado internacional a precios elevados con lo que se endeudan y su déficit sigue creciendo. El colonialismo para estos países se llama hoy mercado libre.

Un caso paradigmático es el de Costa de Marfil, que antes de conseguir la independencia producía 75.000 toneladas de cacao y 147.000 de café; pero a mediados de los setenta estas cantidades habían aumentado a 228.000 y 305.000 toneladas respectivamente, “dando como resultado –dice Ponting– una economía todavía más dependiente de estos cultivos”.

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