domingo, 29 de julio de 2012

Cómo se transforma el mundo cuando comes


Menuda tripada. Un par de huevos fritos con bacon y un café con leche y azúcar en el que flotan unos cereales, para desayunar. Para comer, arroz hindú con especias y un buen filete de ternera a la pimienta con plátanos de postre. Por supuesto, no faltó el café y el cigarro de sobremesa. Merendé una hamburguesa con patatas fritas en un macdonals y por la noche un filetito de atún a la plancha con verduras y un yogur a la vainilla.¡Qué satisfacción!

Pero quedar satisfechos con la comida significa olvidar que con cada uno de estos alimentos contribuimos a perpetrar un desastre ecológico, cuya magnitud sólo podrá ser evaluada por las generaciones que nos sigan. Por ejemplo, la carne se ha convertido en la alimentación básica de Occidente, aunque como dice Jeremy Rifkins, un ecologista en primera línea de fuego, “el hemisferio sur del planeta se muere de hambre porque una parte del hemisferio norte se alimenta de carne sin tener vergüenza”.

Cada vez más depredadores

Cada vez somos más carnívoros, más depredadores. Apenas nos percatamos que con la energía que nos cuesta producir la carne podríamos alimentar a todo el planeta sin exigirle demasiado.

Cifras cantan. Según el Atlas Gaia de la gestión del planeta, para producir una caloría de ternera alimentada con grano, la hemos tenido que proporcionar 10 calorías de grano. Un 40 por ciento de la producción mundial de cereales se dedica a alimentar el ganado. En los países ricos, esta proporción alcanza las tres cuartas partes, aunque en Estados Unidos se llega al 90 por ciento de los cereales cultivados. En este país se sacrifican cada día 100.000 vacas (En España 5.000 al día).

Todo este ganado se come el 24 por ciento de las tierras cultivadas del planeta, pero su contaminación no acaba aquí, ya que producen sesenta millones de toneladas de metano a través de sus pedos que contribuyen a potenciar el efecto invernadero.

Recordemos que para fabricar un kilo de proteínas animales se requieren siete de proteínas vegetales, por lo que llegará un momento en que no se produzcan los suficientes cereales. En la actualidad, los stocks alimenticios de cereales del mundo han disminuido a sólo 50 días, su más bajo nivel histórico. A ello hay que añadir que cada año nacen unos 100 millones de individuos a los que hay que alimentar, lo cual significa que la producción debe crecer 28 millones de toneladas de cereales al año. O sea 78.000 por día.

El reparto desequilibrado

Resulta paradójico que todo ese caudal de carne se encuentre tan mal repartido. En casi todos los países de Centroamérica la producción de carne de ternera se ha duplicado, pero el consumo doméstico por habitante se ha reducido a una quinta parte.

Las exportaciones de carne de vaca de Costa Rica se han cuadruplicado, pero el país ha sufrido un descenso del 40 por ciento en el consumo per cápita, a pesar de que ha sacrificado la mitad de sus bosques a las hamburguesas. En palabras del historiador Clive Ponting: “Un gato americano come ya más carne de ternera que cualquier habitante de Costa Rica”.

Existen suficientes alimentos para todos, pero mal distribuidos. Los habitantes de los países industrializados consumen la mitad de los alimentos mundiales, aunque sólo constituyen una cuarta parte de la población del planeta. Un reparto equitativo de las cosechas mundiales podría haber sustentado a seis mil millones de personas, toda la población que vive actualmente en el planeta, pero existen enormes desigualdades tanto en la producción como en el consumo.

Más producción, peor alimentación

Mientras en Europa se produce un 30 por ciento más de alimentos por cada uno de sus habitantes que a mediados de los años 60, en África se genera un 27 por ciento menos de alimentos por habitante que en esa década. Dos mil millones de personas en todo el mundo no disponen del alimento necesario. Cuarenta millones de personas mueren cada año de hambre y de enfermedades relacionadas con él, cantidad equivalente al pasaje de 300 aviones Jumbo que se estrellasen cada día, pasaje que, en un 50 por ciento, serían niños.

Según la FAO un habitante de los países desarrollados consume a diario un 50 por ciento más de calorías, el 100 por cien más de proteínas y el 110 por ciento más de grasas que un habitante de los países en vías de desarrollo.

Las prácticas agrícolas han erosionado el suelo a causa de la desforestación salvaje y sistemática; también se ha degradado la tierra y, en muchas zonas, el desierto ha avanzado. Todo este daño medioambiental tiene como consecuencia que se destruya más tierra cultivable de la que se pone en producción. Se calcula que cada año se pierden 15.000 millones de toneladas de capa superficial de suelo sólo entre Estados Unidos, la ex-Unión Soviética, China e India, lo cual representa la mitad de la superficie mundial de cultivos. El problema en muchos países es gravísimo. A Haití no le queda capa de suelo de calidad y Turquía tiene las tres cuartas partes de la tierra afectada.

La FAO señala que cada año, 6 millones de hectáreas de tierras de cultivo se convierten en desierto, una superficie equivalente a la de Suiza u Holanda.

Japón, Taiwan y Corea del Sur han perdido el 40 por ciento de sus campos de cereales, pero es un proceso que afecta a todo el continente asiático. Unas cifras: la isla indonesia de Java pierde cada año 20.000 hectáreas de arrozales, un terreno capaz de alimentar a 360.000 personas. Pero cada año, Java gana 3 millones de habitantes. ¿Cómo se les dará de comer?

Desastres ecológicos

Parece como si las lecciones de la historia no hubiesen servido para nada. Uno de los grandes desastres ecológicos, el llamado “dustbowl” tuvo lugar en las Grandes Llanuras de Estados Unidos, donde pastaban millones de bisontes hasta la colonización blanca. Desde 1889 hasta 1930 se estuvo cultivando trigo resistente a la sequía en varios millones de hectáreas de Kansas, Colorado, Oklahoma, Nebraska, Texas y Nuevo México. Pero después, la sequía y los fuertes vientos levantaron el suelo, suelto y seco, que hasta entonces protegía un manto de alta hierba.

La gran tormenta de mayo de 1934 levantó 350 millones de toneladas de suelo superficial que se distribuyó por todos los estados orientales. Se calcula que sólo en Chicago cayeron 12 millones de toneladas. Cada año se perdían 850 millones de toneladas de suelo, lo que obligó a abandonar las granjas de la zona a tres millones y medio de personas en 1938. Durante las décadas siguientes se repitió el fenómeno y hacia los años setenta se había perdido nada menos que un tercio del suelo superficial de los Estados Unidos.

Los hechos se encargaron de convertir en estúpida la afirmación que hizo en 1909 la Oficina del Suelo estadounidense: “La tierra es el único recurso que no puede agotarse; que no se puede terminar”. La estulticia hiperproductiva de lo soviéticos repetiría la fórmula en su Plan Quinquenal de 1929: “Nuestra estepa sólo será verdaderamente nuestra cuando lleguemos con columnas de tractores y arados a romper el milenario suelo virgen”.

Resultado: Ucrania se vio sometida a continuas tormentas de polvo y a una terrible erosión de sus tierras de cultivo; y en Kazajstán, la fuerte erosión provocaba el abandono anual de más de 400.000 hectáreas de suelo en los años sesenta. Un proceso semejante se ha repetido por todas las grandes tierras agrícolas del planeta: Australia, China, India o Bangladesh.

La tragedia del Mar de Aral

Nada como un ejemplo elocuente y trágico para comprender el proceso de degradación medioambiental que implica la producción de alimentos. Se trata del mar de Aral, un mar interior al sur de la república de Kazajstán, al que vertían sus aguas dos grandes ríos. Los planes de producción agrícola soviética de los años sesenta contemplaron la irrigación de siete millones de hectáreas cultivadas de algodón y arroz.

Se alcanzó tal volumen de aguas desviadas que en pocos años se pudo apreciar cómo se reducía. A finales de los años ochenta, dos terceras partes del mar se habían secado, lo cual ha traído cambios climáticos consigo, enfermedades, abandono de aldeas, desaparición de las 38 especies de peces que habitaban esta gran masa de agua e incluso un terrible brote de peste que puso la zona en cuarentena en 1990.

La contaminación de las aguas es un grave problema que también contribuye a acelerar los ciclos de degradación medioambiental. Las capas freáticas de cualquier país del mundo han bajado ostensiblemente, en algunos casos han desaparecido como en Texas, norte de la China o el Punjab.

1990 fue un punto de inflexión en la tendencia  producir alimentos. A partir de ese año se pusieron menos tierras en cultivo y la producción agrícola disminuyó. Por ejemplo, los países que formaban la antigua Unión Soviética poseían 123 millones de hectáreas en 1977 consagradas al cultivo de cereales. En 1994 esa cifra se había reducido a 94 millones a causa de la pérdida de suelo cultivable.

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Vistas de satélite de 1989 y 2008 para comparar la pérdida de masa acuática en el Mar de Aral en Kazajistán y Uzbekistán

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