viernes, 20 de julio de 2012

¿Cómo se generó la vida?


Una cosa es hablar de un micromundo que ni siquiera podemos imaginar y otra bien diferente es conocer cómo evoluciona hacia sistemas tan complejos como los seres vivos. El enigma persiste, pero ya se han ofrecido algunas teorías atractivas que lo explican, especialmente la de las estructuras disipativas de Ilya Prigogine (Un ser vivo es una estructura disipativa, ya que absorbe y genera energía para organizarse).

La evolución es errática

Sabemos ahora que los sistemas físicos no siguen una línea evolutiva concreta, sino que su evolución en el tiempo es errática, compleja e impredecible, pero siempre tienden a formar un orden más complejo. Como dice Paul Davies, “es como si dichos sistemas tuvieran una voluntad propia”. En física y en astronomía es frecuente toparse con sistemas que se autoorganizan cuando pasan de un estado ‘predecible’ a otro más complejo y elaborado.

En química y biología, como demostró el premio Nobel Prigogine, el fenómeno resulta mucho más sorprendente. Especialmente en los llamados relojes químicos (reacciones de Belousov-Zhabotinski) que a pesar de tratarse de concentraciones caóticas de varias sustancias químicas, cuando se les aporta algún tipo de energía, las moléculas se autoorganizan.

¿Qué hay de sorprendente en todo esto, se preguntará el lector? Pues bien, las fuerzas entre las moléculas individuales de un reloj químico operan a distancias del orden de ¡centímetros! Billones y billones de átomos comienzan a cooperar en perfecta sincronía como si respondiesen a una orden superior.

Una organización a distancia

¿Que no lo acaba de entender? Es como si un terrestre, un marciano, un neptuniano y un habitante de Alfa Centauri supiesen en el mismo instante que tienen que ponerse a dar saltos. O aún más explicativa es la imagen de todos los humanos de la Tierra dando saltos, pero de pronto y sin que medie comunicación física conocida sólo salten los negros, y después los blancos, y después los rubios e inmediatamente después los morenos, y de nuevo los negros y blancos y así sucesivamente.

¿Por qué todos los humanos se han organizado de manera repentina? Según todas la ciencia convencional esto no tendría que ocurrir nunca así. Y, sin embargo, ocurre con los relojes químicos. Las moléculas saben, de alguna manera que no entendemos, lo que las otras moléculas harán al mismo tiempo en unas distancias para ellas macroscópicas. Dice Prigogine que “existe la posibilidad de comunicación química entre moléculas a larga distancia y durante largos periodos de tiempo. A través de experimentos en estructuras disipativas vemos que la materia está mucho más integrada de lo que suponíamos. El abismo entre la vida y la no-vida es mucho más pequeño de lo que pensábamos”.

¿Tiene la naturaleza voluntad propia?

“Materia activa”, así denomina Prigogine a los sistemas disipativos. En palabras del físico Paul Davies: “Es como si el universo, a medida que se fuera desplegando a partir de su principio homogéneo, la materia y la energía tuvieran la alternativa de elegir las líneas de desarrollo”. ¿Quieren decir los científicos que existe un proyecto cósmico que no comprendemos, que la naturaleza tiene “voluntad propia”? Eso dicen.

Por supuesto que hay teorías para todos. Los reduccionistas y mecanicistas, aseguran que toda la vida no son más que procesos físicos ordinarios y pretenden que cualquier sistema se puede descomponer en porciones y estudiarlas por separado. Ya sabía Aristóteles que existía un plan preestablecido en los organismos. Un “guía invisible”, como le denominaría el fisiólogo francés Claude Bernard el pasado siglo. Incluso un reduccionista como el premio Nobel Jacques Monod decía que “todos los organismos vivos sin excepción son objetos dotados de un propósito o proyecto manifestado tanto en sus estructuras como en sus realizaciones”.

Imagen:
Ilya Prigogine (1917-2003)

No hay comentarios:

Publicar un comentario