domingo, 3 de junio de 2012

Monstruos en la cocina

Nuestro exiguo tamaño en este mundo desconocido nos expone a toda clase de peligros. Queremos huir hacia el interior de la casa, pero las distancias son tan inconmensurables a nivel bacteriano que tardaríamos años en hacer un recorrido. Un metro para un microbio equivaldría para nosotros a 700 kilómetros. Pero la fantasía nos permite aterrizar ahora en la cocina, uno de los lugares preferidos por los habitantes invisibles.

De todas las criaturas con las que tendremos que luchar, destaca la salmonella, la bacteria más temida por todos los comensales del mundo. Se trata de un ser tan diminuto (dos micras, o lo que es lo mismo dividir un centímetro en diez mil partes y multiplicar una de esas partes por dos) que durante muchos años se concibió como una fantasía, hasta que el veterinario Daniel Elmer Salmon, la clasificó y puso nombre. Naturalmente se trata de una de las muchas formas de vida microscópica que pulula por una cocina, pero, sin duda, es la más peligrosa.

Tiene la forma de un pequeño submarino del que llegan a colgar hasta 15.000 filamentos retorcidos y se encuentran por todo el mundo, aunque la cocina esté impecablemente limpia, ya que anidan en cualquier lugar húmedo. Los trapos, las bayetas y los estropajos son habitáculos perfectos para su reproducción. Pero tampoco hacen ascos a otras superficies menos acogedoras, como los pomos de las puertas o las asas de la nevera, que tan a menudo tocamos con las manos húmedas. Y, aunque los desinfectantes del hogar provocan una enorme mortandad entre las salmonellas, resulta casi imposible impedir la presencia de esos seres microscópicos. Sin humedad morirían de sed en una semana, cosa  virtualmente imposible en una cocina. Cualquier rincón que toquemos con nuestros dedos nos impregnará con una colonia de varios centenares de esos minúsculos indigentes.

Si nosotros mismos tuviéramos el tamaño de la salmonella y nos pegáramos a un dedo humano lo encontraríamos, cuando menos, chocante. Nada de lo que nos es conocido se parece a la piel humana. Un dedo es un terreno agreste y cenagoso, como un pantano en una zona de lomas, en la que las células cutáneas forman colinas que terminan en repentinas cavernas. Encontraríamos charcas de limo y grasa sobre esa rugosa superficie, resultado de la transpiración y de los demás fluidos de la piel. Este lugar, debido a su contenido alimenticio en minerales y aminoácidos es el ideal para que la salmonella se reproduzca.

En estos rincones tan humanos, los habitantes que ya existen, otros tipos de bacterias, luchan denodadamente contra los invasores del Dr. Salmon con unas armas muy efectivas: chorros de antibióticos que resultan mortales para el invasor. Sin embargo, la salmonella también produce un antibiótico agresivo, mediante el cual puede eliminar las bacterias intestinales y producir la conocida y temida intoxicación. Pero, ello no debe llevarnos a la paranoia ni llegar a los extremos de Louis Pasteur, el perseguidor de los bacilos, que siempre portaba una lupa cuando iba a comer a una casa desconocida.

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