domingo, 3 de junio de 2012

Los habitantes del mundo invisible

Estarán ustedes de acuerdo conmigo en que nuestra experiencia sensorial es muy limitada. Nuestros sentidos, aunque maravillosos, dejan escapar todo un universo de formas, colores y sonidos. ¿Qué verían nuestros ojos si fuesen facetados como los de la mosca o nictálopes como los del gato, o qué escucharían nuestros oídos si poseyéramos el delicado sonar del delfín? Ilusiones sin duda, pero gracias a instrumentos creados por el hombre nos podemos acercar a ese mundo fascinante de lo invisible y a sus habitantes.

Háganse ustedes conmigo seres microscópicos. Imagínense que se han convertido en protagonistas de películas tales como El increíble hombre menguante, Viaje Alucinante o Cariño, he encogido a los niños (en la imagen).

Desde este momento el mundo que nos rodea, el hogar acogedor y satisfactorio de nuestra vida cotidiana, se ha transformado radicalmente. El césped del jardín es como una intrincada selva amazónica y el pelo de la alfombra de nuestra sala se ha convertido en un fantasmagórico bosque en el que habitan seres innombrables. Imagínense: se ha calculado que en una hectárea de buen prado pueden pacer 400 kilogramos de ovejas, pero bajo sus pezuñas habitan seres vivos minúsculos e invisibles, que reunidos alcanzarían los 1.600 kilos, sin contar insectos, como pulgones, hormigas o escarabajos, ni lombrices. En un pequeño jardín casero podríamos reunir hasta cinco kilos de seres imperceptibles.

Nuestro paseo por los poros del terruño, serviría para escribir la más fantástica de las novelas galácticas. Pero en el fondo es como un recorrido por los fondos marinos, donde la gran variedad piscícola permite que el pez grande se coma al pequeño. Las diminutas bacterias del jardín sirven de alimento a los protozoos  y éstos a su vez a los nematodos, unos repugnantes cilindros vivos, pero ciegos, de los que cuelgan seis grandes labios.

Naturalmente, esta cadena alimenticia no para ahí. Entre la inmensa masa de seres vivos que allí pululan podemos encontrar estafilococos, de los que se surten los laboratorios para fabricar penicilina, y otros tipos de bacterias benéficas como los estreptomicetos, que proporcionan a la humanidad la tetraciclina y la estreptomicina, pero que además son los causantes del agradable olor a tierra fresca que nos llega de los prados verdes.

Pero ningún microbio tan atractivo como la mucorácea del légamo, una forma viva formada por miles de millones de amebas individuales que, cuando deja de ser productivo el terreno de césped del que se alimentan (a causa de un simple pisotón, por ejemplo), levantan una curiosa torre viva de lanzamiento, que se solidifica mediante la segregación de una mucosa y que supone el sacrificio para casi toda la población, de tal manera que unos pocos individuos encerrados en cápsulas puedan lanzarse para que se las lleve el aire hasta algún terreno adecuado para su reproducción. El sacrificio altruista a mayor gloria de la perpetuación genética.

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