domingo, 3 de junio de 2012

La cara oculta de nuestra faz

La visión del ácaro, posiblemente no tendríamos que ir a buscarla a la alfombra o la cama. De nuestro propio rostro, ahora empequeñecido surgiría el horror. En la cara viven ácaros acorazados que llegan a medir hasta 50 micras, que no fueron descubiertos hasta 1972. Su existencia transcurre plácidamente colgados de sus ocho patas de los pelos que poseemos en pestañas y cejas. Se trata de un habitante de las zonas faciales pilosas, presentes en todos los seres humanos. Además, continuamente les proporcionamos alimentación en forma de lápiz de ojos o tónicos faciales, un apetitoso bocado para estos espantosos gourmets.

En la cara, los ácaros acorazados tienen que coexistir con un buen montón más de especies bacterianas, bastante más pequeñas de tamaño. De hecho, si poseyéramos la menudencia apropiada podríamos toparnos en una nariz humana con un virus de la gripe o cualquier otro de los que habitan en las fosas nasales. El virus es la forma de vida más elemental, ya que se compone tan sólo de ácido nucleico rodeado de proteínas.

Según cálculos de los microbiólogos, existen unas 1.200 bacterias por centímetro cuadrado en las piernas y brazos; 6.000 en el tronco y dos millones en las mejillas, mentón y nariz. Pero la frente es el santuario de la bacteria. Se calcula que una frente de persona normal contiene hasta 72 millones de residentes microscópicos que nacen, crecen, se reproducen y mueren en cuestión de horas. En una vida de 10 minutos, una bacteria se reproduce cada 30 segundos.

Estas bacterias se alimentan de agua salada que procede de los poros y la grasa facial les proporciona el contenido más adecuado de aminoácidos. Como no soportan el oxígenos, los microbios, que miden de una a dos micras de largo, se esconden tras las células cutáneas de la frente que miden 14 micras y que mantienen una permanente capa de grasa. Pero lavarse no sirve de nada. Los epidemiólogos, aseguran que después de un meticuloso lavado aumenta el número de bacterias en el cuerpo humano.



Cuando, con la imaginación, volvamos a nuestro tamaño real, es posible que veamos, paradójicamente, el mundo invisible con otros ojos.

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