domingo, 3 de junio de 2012

Ácaros: Horror en el polvo

Afortunadamente hemos escapado de la cocina y hemos ido a parar, tras distintos sustos y encuentros, a la alfombra del salón. El bosque de fibras se convierte en un lugar inhóspito donde acechan los horrores. En primer lugar, el polvo en sí mismo es una miscelánea de desperdicios. Lo que conocemos como polvo contiene todo tipo de elementos extraños: arenas de todos los desiertos, escamas de la piel, brillantes partículas de cadmio, sal marina, esporas de hongos, esqueletos de ácaros, miembros microscópicos perdidos por insectos, moléculas de perfume, pólen, fibras de amianto, cenizas, hollín y otro montón de objetos incalificables. Se ha calculado que en un metro cúbico de aire flotan unos diez millones de objetos inapreciables a simple vista.

Pero nuestro espanto más destacable tendrá lugar cuando nos topemos cara a cara con un ácaro del polvo. En realidad se trata de un arácnido que mide 40 micras, invisibles por tanto para el ojo humano, que posee ocho patas, lo que le clasifica como pariente lejano de la araña, y con un cuerpo levemente acorazado y recubierto de pelillos.

No hay que alarmarse por hospedar estos desagradables inquilinos. Son absolutamente pacíficos y puede asegurarse que se encuentran en el cien por cien de los hogares, por muy limpio que se tenga. No fueron descubiertos hasta 1965 y su lugar preferido de residencia son las alfombras y las camas. Su principal alimento consiste en escamas de piel que continuamente se desprenden de los seres humanos, tan diminutas que tampoco son perceptibles. Cualquier movimiento que realizamos provoca una caída multitudinaria de escamas, que puede llegar hasta varias decenas de miles en un minuto. Así que el ácaro sólo tiene que abrir la boca y esperar que le llueva el maná del cielo y llevar la vida más placentera posible (comer, defecar y copular).

Por supuesto, no sólo la alfombra es portadora de estas inapreciables bolsas acorazadas; una cama de matrimonio puede contener en sus diversas capas textiles una media de dos millones de individuos vivos y un cúmulo innumerable de antepasados, ya cadáveres. Cada ácaro además produce unas 20 bolitas de excrementos al día, las cuales flotan en el aire que respiramos debido a su escasa consistencia.

Sin duda se trata de una de las especies mejor adaptadas a nuestro mundo. Se han localizado ácaros a 5.000 metros de altura en el Everest, en la Antártida (a pesar de ser un animal que procede de las zonas tropicales), en las profundidades del Pacífico y como parásitos de otros animales de las selvas húmedas.

Una de las maneras más efectivas de acabar con el ácaro es el aspirador, si cambiásemos la bolsa tras cada aspiración, ya que éstas representan el paraíso acariano, dado la cantidad de escamas cutáneas que en ella se acumulan. Pero pocos ciudadanos son tan precavidos. Así que cada vez que volvemos a pasar el aspirador con la bolsa llena, los conductos de ventilación del aspirador se encargan de expulsar un buen número de ácaros de una nueva generación.


En la alfombra, que en nuestro reducido tamaño se ha convertido en un laberinto de túneles de fibra, nos toparemos con algún grueso cable repleto de  infectas rugosidades. No es más que uno de los 200.000 pelos, en realidad no es mas que una larga hilera de células muertas, que soporta el cuero cabelludo de un moreno (los pelirrojos tienen 170.000 aproximadamente y los rubios 180.000 más o menos). Si nos acercamos a ese extraño cable veremos que las rugosidades son elementos adheridos a la grasa que se han ido acumulando allí desde la última vez que se lavó.  El pelo es una ristra de células muertas que surge por cada uno de los poros que posee el cuero cabelludo y la grasa es el lubricante que se genera para que el cabello se deslice sin que produzca comezón en la cabeza. A medida que crece el cabello, la grasa se enfría y se convierte en un pegamento al que se adhiere todo aquello que conforma el polvo, según expusimos más arriba.


A lo largo de nuestro periplo por la alfombra encontraremos también obstáculos rocosos. Son diminutas partículas de arena que proceden de los más remotos desiertos del planeta: Gobi, Sahara, Mojave y otros. Esos diminutos granos tienen una longitud comprendida entre una y 30 micras y se acumulan en los nudos de las alfombras (es una de las principales causas de su deterioro). ¿Pero cómo puede llegar arena del Gobi hasta la alfombra de nuestra sala?

Por cada persona viva ascienden a las alturas desde los desiertos 25 kilos de granos diminutos de arena al año que rebotan en una bruma invisible a varios metros por encima de los desiertos. Las turbulencias de aire cálido transportan a lomos del viento esta arena hasta nuestra ciudad y se deposita con suavidad sobre nuestras ropas de abrigo. Cuando llegamos a casa, esa arena se desprende al desnudarnos y no es extraño que una buena parte de los granos vaya a parar a la alfombra.

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