sábado, 16 de junio de 2012

El poder científico frente a los heterodoxos

Cuando se publica alguna observación astronómica que está de acuerdo con las ideas de Halton Arp, el poder científico, que domina las universidades y los medios de comunicación, incluidas las revistas científicas, enseguida se pasa a soslayar el hecho con la excusa de que se trata de una casualidad.

La persecución es implacable, pero la víctima no se arredra y contraataca: “Todo lo que se invierta es inútil si se supone que los objetos que se observan no tienen nada que ver con la realidad. (...) Por ejemplo, en las asignaciones del telescopio espacial que se han publicado recientemente, no es que la mayoría de los objetos no sean de interés, lo que ocurre simplemente es que los objetos cruciales han sido deliberadamente dejados a un lado”, protesta Arp.

Su apostilla es lacerante: “Piensen que en el 300 a.C., Aristarco de Samos tenía una imagen bastante precisa del Sol y de sus sistema de planetas. Hacia el 200 d. C, Ptolomeo la había reemplazado con la de los egipcios en torno a la Tierra. Tuvieron que pasar 1.300 años antes de que Copérnico, Kepler y Galileo restaurasen al Sol en su posición central. Aún pudo haber costado más. Así es como se institucionalizan los paradigmas”.

Controversia sobre las distancias cósmicas y los cuásares

En ocasiones, tal vez sea más importante no saber algo que es erróneo que saber cien cosas que son ciertas.

Lo que molesta especialmente en la persecución a la que se ha sometido a Arp es que el status quo científico ha olvidado que “el valor crucial de la ciencia reside en la voluntad de poner a prueba cualquier suposición, y no al contrario”, lo cual no ha puesto en práctica en ninguna ocasión, sino que se le ha negado sistemáticamente la oportunidad de reflejar sus argumentos en las publicaciones especializadas y a través de los medios de comunicación propios de la ciencia, hasta el punto de verse obligado a escribir un libro, Controversia sobre las distancias cósmicas y los cuásares (Tusquets Editores) que pese a quien pese está destinado a convertirse en un clásico, no sólo de la astronomía, sino de la sociología de la ciencia, como en su día ocurrió con La Doble Hélice  (Salvat Editores) de James Watson, al mostrar las rencillas y la insolidaridad de los científicos con los compañeros.

Pero, ¿el que no exista un Big Bang supone realmente una revolución tan grande para la cosmología? Qué mas da, se dirá el lector, que los cuásares estén lejos o cerca en el cosmos, si son las galaxias y otros objetos cósmicos los que nos definen el universo. El problema es que si los cuásares están cerca de nosotros, entonces sus corrimientos al rojo no son una medida de su distancia, de la que dependen sus luminosidades, sus masas y todo lo demás. Es decir, el universo es muy diferente a cómo lo explica la cosmología, por lo cual sería necesario rehacerla y crear modelos nuevos y originales que nos expliquen mejor en qué universo vivimos, cómo se creó y cómo morirá.

La ciencia establecida, los científicos que se consideran con derecho a hablar ex-cátedra gracias a su reputación están haciendo mucho daño a la propia ciencia, al conocimiento. Como dice Arp, “en ocasiones tal vez sea más importante no saber algo que es erróneo que saber cien cosas que son ciertas”. Con ello quiere decir que si un científico se limita a razonar intentando deducir hechos a partir de leyes conocidas, al final acabará obteniendo esas leyes otra vez y no descubrirá nada nuevo ni fundamental.

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