domingo, 24 de junio de 2012

Frank Tipler y el dios del futuro


El Dios que propone Tipler se encuentra en el futuro. ¿Por qué no? Al universo le quedan al menos cien mil millones de años de existencia, lo cual nos muestra que la casi totalidad del espacio tiempo se encuentra en el porvenir. Es lógico pensar que allí puede estar ocurriendo cualquier cosa, y lo digo en presente porque según toda la física, desde Newton a la moderna teoría de las supercuerdas, no se puede distinguir entre pasado, presente y futuro.

El futuro es tan real como el presente (otro asunto es la dirección en que se mueve la flecha del tiempo, pero de ello hablaremos en otra ocasión), o dicho de otra manera, lo que ocurra en el futuro también sucede ahora. Además en una interpretación literal de las Sagradas Escrituras, los antiguos hebreos hablaban de un Dios futuro, y Cristo hablaba de un reino que vendrá.

Una realidad de futuro

Como señala el teólogo alemán Wolfhart Pannenberg: "Jesús anunció el Reino de Dios como una realidad perteneciente al futuro. Este será el reino del porvenir... en un sentido restringido pero importante, Dios no existe todavía. Puesto que su reinado y su existencia no pueden separarse el uno de la otra, el ser de Dios aún se halla en el proceso de llegar a ser".

Según la tradición real de la Biblia, cuando Dios habla a Moisés le dice: "Yo Seré el que Seré... El que Será me ha enviado a vosotros", y no, como se ha divulgado, "Yo Soy el que Soy" (En el texto original hebreo, la respuesta de Dios a través de la zarza ardiendo, fue "Ehyeh Asher Ehyeh" (Éxodo 3:14), siendo "Ehyeh" la conjugación futura del vocablo hebreo "haya", que significa "ser". El propio Maimónides en su Guía de Perplejos, utilizaba la traducción "Yo soy el que soy", a sabiendas de que era futuro, por razones teológicas, ya que consideraba que así Dios pronunciaba la necesaria existencia de sí mismo. Ese aspecto teológico es el que ha predominado en todas las traducciones posteriores y así es como ha llegado a nosotros).

Muchos teólogos y exegetas bíblicos (por ejemplo, Ernst Bloch o Hans Küng) están de acuerdo con esa traducción y consideran que el Dios de Moisés es un "Dios Final y Omega", un Dios que existe principalmente al final de los tiempos.

¿Pero se podrá mantener la vida hasta el fin de los tiempos?

La vida eterna

Tipler es firme partidario de la vida eterna, basándose en el postulado físico de que la muerte absoluta no es inevitable y de que el Universo es capaz de sostener la vida para siempre. Con sus operaciones matemáticas, demuestra que en realidad el Universo puede mantener la vida durante al menos otro trillón (1018) de años. En concreto, para sobrevivir la vida no sólo debe establecerse fuera de los límites terrestres, sino que debe englobar a todo el Universo.

Como señala Tipler, "la conclusión realmente fascinante extraída de la suposición de que la vida existirá eternamente es que, si efectivamente la vida opta por persistir siempre, deberá haber en este futuro (pero con dos significados matemáticos concretos, tanto en el presente como en el pasado) una Persona que sea omnipotente, omnisciente y omnipresente; que a la vez trascienda y sea inmanente al Universo físico del espacio, el tiempo y la materia".

El ser humano, un modelo de máquina

¿Y concretamente la vida humana? Desde luego, la vida inteligente no sobrevivirá tal como la conocemos. Tipler considera que para que pueda sobrevivir una forma de vida inteligente, deberá usar el caos que existe en las leyes físicas para obligar a que la evolución del Universo derive hacia un futuro muy concreto, escogido entre un futuro limitado de posibles futuros.

Para realizar cálculos a tan gran escala, Tipler ha trasladado los conceptos biológicos fundamentales a un formalismo físico. En ese sentido, un ser humano no sería mas que un modelo mejorado de máquina, el cerebro sería un sofisticado sistema de proceso de datos, y el alma un programa que funciona sobre un ordenador que llamamos cerebro.

La fórmula de Dios

¿Puede la ciencia demostrar los grandes misterios de la religión?

¿Puede expresarse la idea de Dios mediante una fórmula matemática? Por ejemplo, R(t)=Rmaxsen t. No se asusten, no vamos a desarrollar todo el edificio matemático sobre el que se sustenta esta sentencia. En realidad se trata de la expresión matemática de la trayectoria de fase para las fórmulas de modelos de mini-superespacio cuántico que termina en un punto omega.

Muchos lectores se llevarán las manos a la cabeza, pero en el intento de encontrar lazos de unión entre la ciencia y la religión, destaca el trabajo desarrollado por Frank J. Tipler. Este científico, no es un visionario cualquiera, sino un reputado profesor de física matemática de la Universidad de Tulane, en Nueva Orleans, Estados Unidos y está reconocido como una de las autoridades mundiales en cosmología y en teoría de la relatividad general global.


La física de la inmortalidad

Tipler ha conseguido desarrollar una teoría en un brillante libro titulado La física de la inmortalidad (Frank J. Tipler. La física de la inmortalidad. Alianza Editorial. Madrid, 1996), con una demostración de que no sólo Dios existe, sino todas las esperanzas importantes de las grandes religiones, como la resurrección de la carne, la realidad del Paraíso y la consecución de la vida eterna, pero no mediante hábiles argucias retóricas o filosóficas, sólo con mecanismos físicos y matemáticos.

La teoría de Tipler se denomina Punto Omega, término que ha tomado prestado del jesuíta paleontólogo y filósofo Teilhard de Chardin, a quien sus superiores censuraron y exiliaron a China por sus ideas, lo que impidió que gran parte de su obra no fuese conocida hasta después de su muerte.

El padre Teilhard, en su libro El fenómeno humano, consideraba que el hombre se encuentra en el umbral de un cambio de conciencia similar al que los seres humanos debieron de experimentar como entes primitivos cuando empezaron a pensar por primera vez.

El Punto Omega

Según Teilhard, la evolución no finaliza con el ser humano; de la misma manera que la vida ha formado sobre el planeta lo que llamamos biosfera, la vida pensante (es decir, los humanos) ha construido la noosfera (y eso que el padre Teilhard no llegó a conocer la era Internet), que aumenta su cohesión a medida que se desarrollan la ciencia y la civilización humanas.

Al final, en un futuro lejano, la noosfera dará lugar a un ser omniscente, denominado el Punto Omega ("El final del mundo: la destronización del equilibrio, separándose de la mente, por fin completa, de su soporte material, para que a partir de entonces repose plenamente en Dios-Omega").

La teoría científica (este calificativo la diferencia de la de Teilhard) del Punto Omega que propone Tipler es descrita por él mismo como la demostración de la "existencia de un Dios omnipotente, omnisciente y omnipresente, el cual en un futuro lejano nos resucitará a todos para que vivamos eternamente en un lugar que, básicamente, coincide en lo fundamental con el Cielo judeo-cristiano".

En un lejano futuro todo será posible

Los argumentos que utiliza nada tienen que ver con revelaciones religiosas, sino con herramientas de la física contemporánea, algo de lo que el propio científico se extraña: "Jamás en mis sueños más descabellados pude imaginar que llegaría el día en que escribiría un libro para mostrar que las afirmaciones básicas de la teología judeo-cristiana son verdaderas, pues se deducen sin trabas de las leyes físicas tal y como las conocemos actualmente".

Para que el Punto Omega, o sea Dios, sea posible, Tipler parte de la premisa de que el Universo sea cerrado, esto quiere decir que el espacio tiempo esté curvado por grandes cantidades de materia oscura. En este caso, el universo dejará algún día de expandirse y se colapsarán, aunque en algunos casos, matemáticamente factibles (conocidos como Universo de Friedman, dotados con una topología S3, con punto omega como singularidad final), se llega a un tipo especial de crisis conocido como Punto Omega, en que lo temporal se convierte en eterno y donde converge toda la información sobre la historia del universo.

Donde se cruzan todos los espacios y los tiempos

"Todos los rayos luminosos de quienes murieron hace mil años, de cuantos viven ahora y de cuantos vivirán dentro de mil años, se cruzarán allí (...). Toda la información que puede extraerse de esos rayos será extraída en el instante del Punto Omega, el cual, a su vez, experimentará simultáneamente la totalidad del tiempo, de la misma manera que nosotros experimentamos simultáneamente a la Galaxia Andrómeda y a una persona que está en la misma habitación con nosotros".

Esta hipótesis de un universo cerrado todavía no es aceptada por la comunidad científica como definitiva, ya que también la teoría de que el final del universo será abierto, esto es, se expandirá eternamente y morirá a causa del frío, tiene numerosos seguidores. Cuando se resuelvan algunos misterios cuánticos que están por descubrir, sabremos si Tipler tiene razón y el universo alcanzará un Punto Omega, es decir, se convertirá en Dios.

Theilard de Chardin: evolucionista y católico


El jesuita Pierre Theilard de Chardin está considerado como el pensador católico que más ha contribuido al pensamiento filosófico del siglo XX, hasta el punto que se le ha denominado el nuevo santo Tomás de Aquino. Antropólogo, filósofo y teólogo francés, sus estudios le llevaron a asegurar que el hombre se encuentra en el umbral de un cambio de conciencia similar al que los seres humanos debieron de experimentar como entes primitivos cuando empezaron a pensar por primera vez.

Theilard de Chardin nació en mayo de 1881 en la localidad francesa de Saucenat. Su madre, Berta Adela de Dompierre d’Hornoy era descendiente de Voltaire y su padre, Alejandro Victor Manuel Theilard de Chardin, fue un destacado naturalista e investigador de documentos históricos, el cual descubrió la única carta manuscrita que se conoce de Juana de Arco.

A los 11 años ingresó en la Compañía de Jesús, donde se ordenó sacerdote en 1911. Junto a los estudios de teología desarrolla la vocación que ocupará toda su vida, la geología y la paleontología, esto es las piedras y el pasado del hombre, disciplinas sobre las que imparte cursos antes de ejercer la investigación de campo. Realiza excavaciones en Europa durante once años, hasta que marcha a Oriente a participar en distintas expediciones antropológicas.

En el norte de China pasa diez años, durante los cuales descubre junto con Licent pruebas de la existencia del hombre paleolítico en China. En la China meridional participa en 1929 del hallazgo del famoso hombre de Pekín o sinantropo pekinense, pieza clave en el estudio de la evolución del hombre, restos que desaparecieron durante la guerra chino-rusa en 1941, y que volvieron a estar de actualidad hace 20 años por tenerse indicios de que se encontraban en la zona de Nueva York, pero las pesquisas desde 2005 por parte del Gobierno chino no han dado frutos.


Las exploraciones de Theilard se extendieron hasta la edad de 65 años por China, Tíbet, Cachemira, Birmania y Java. Murió el 10 de abril de 1955 en Nueva York a la edad de 74 años.

Una buena parte de su obra se encuentra aún inédita, debido sobre todo a que las publicadas en vida se toparon con la censura de las autoridades eclesiásticas, hoy aún más denostado por la pujante corriente creacionista dentro del Vaticano (aún es muy recomendable la revisión de ese clásico que es Las Sandalias del Pescador tanto en cine como en novela).

Destacan El fenómeno humano, El fenómeno espiritual y El corazón de la materia, cuyo conjunto constituye una especie de autobiografía espiritual. En sus conclusiones, tras largos años de investigaciones, estableció que el origen de la Humanidad había que buscarlo en África, y, concretamente en la región de Kenya.

Consideraba a la Humanidad como una unidad biológica de amplitud planetaria, una teoría que se encuadraba en el denominado organicismo del biólogo Ludwig von Bertalanffy. El cosmos tiende siempre a la vida y toda forma de vida encuentra su expresión más alta en el hombre, el cual tiende hacia el mundo del espíritu.

Para el padre Theilard, ese espíritu opera sobre ser humano hasta realizar el paso de lo natural a lo sobrenatural. Esa espiritualización es identificada con un cambio en el estado cósmico, que exige una transformación íntegra de la materia. Toda la vida conduce al Punto Omega.

sábado, 16 de junio de 2012

El poder científico frente a los heterodoxos

Cuando se publica alguna observación astronómica que está de acuerdo con las ideas de Halton Arp, el poder científico, que domina las universidades y los medios de comunicación, incluidas las revistas científicas, enseguida se pasa a soslayar el hecho con la excusa de que se trata de una casualidad.

La persecución es implacable, pero la víctima no se arredra y contraataca: “Todo lo que se invierta es inútil si se supone que los objetos que se observan no tienen nada que ver con la realidad. (...) Por ejemplo, en las asignaciones del telescopio espacial que se han publicado recientemente, no es que la mayoría de los objetos no sean de interés, lo que ocurre simplemente es que los objetos cruciales han sido deliberadamente dejados a un lado”, protesta Arp.

Su apostilla es lacerante: “Piensen que en el 300 a.C., Aristarco de Samos tenía una imagen bastante precisa del Sol y de sus sistema de planetas. Hacia el 200 d. C, Ptolomeo la había reemplazado con la de los egipcios en torno a la Tierra. Tuvieron que pasar 1.300 años antes de que Copérnico, Kepler y Galileo restaurasen al Sol en su posición central. Aún pudo haber costado más. Así es como se institucionalizan los paradigmas”.

Controversia sobre las distancias cósmicas y los cuásares

En ocasiones, tal vez sea más importante no saber algo que es erróneo que saber cien cosas que son ciertas.

Lo que molesta especialmente en la persecución a la que se ha sometido a Arp es que el status quo científico ha olvidado que “el valor crucial de la ciencia reside en la voluntad de poner a prueba cualquier suposición, y no al contrario”, lo cual no ha puesto en práctica en ninguna ocasión, sino que se le ha negado sistemáticamente la oportunidad de reflejar sus argumentos en las publicaciones especializadas y a través de los medios de comunicación propios de la ciencia, hasta el punto de verse obligado a escribir un libro, Controversia sobre las distancias cósmicas y los cuásares (Tusquets Editores) que pese a quien pese está destinado a convertirse en un clásico, no sólo de la astronomía, sino de la sociología de la ciencia, como en su día ocurrió con La Doble Hélice  (Salvat Editores) de James Watson, al mostrar las rencillas y la insolidaridad de los científicos con los compañeros.

Pero, ¿el que no exista un Big Bang supone realmente una revolución tan grande para la cosmología? Qué mas da, se dirá el lector, que los cuásares estén lejos o cerca en el cosmos, si son las galaxias y otros objetos cósmicos los que nos definen el universo. El problema es que si los cuásares están cerca de nosotros, entonces sus corrimientos al rojo no son una medida de su distancia, de la que dependen sus luminosidades, sus masas y todo lo demás. Es decir, el universo es muy diferente a cómo lo explica la cosmología, por lo cual sería necesario rehacerla y crear modelos nuevos y originales que nos expliquen mejor en qué universo vivimos, cómo se creó y cómo morirá.

La ciencia establecida, los científicos que se consideran con derecho a hablar ex-cátedra gracias a su reputación están haciendo mucho daño a la propia ciencia, al conocimiento. Como dice Arp, “en ocasiones tal vez sea más importante no saber algo que es erróneo que saber cien cosas que son ciertas”. Con ello quiere decir que si un científico se limita a razonar intentando deducir hechos a partir de leyes conocidas, al final acabará obteniendo esas leyes otra vez y no descubrirá nada nuevo ni fundamental.

El Big Bang o la necesidad de creer en Dios

¿Y si realmente nunca hubo un Big Bang? A pesar de las evidencias que los astrónomos ortodoxos presentan con los resultados del satélite COBE y la radiación de fondo (expuesta por G. Smoot) o la fijación de la temperatura del universo muy cerca del cero absoluto (presentada por J. Mather hace tan sólo unas semanas), científicos como Fred Hoyle o Halton Arp han desarrollado argumentos sugerentes que plantean la hipótesis de que el universo está en continua creación, la idea de un universo estacionario, esto es no inflacionario, sin principio ni fin.

El propio Fred Hoyle, astrónomo y matemático británico aseguraba en una entrevista que las pruebas fotográficas presentadas como la demostración patente de la existencia de un Big Bang “son, simplemente, un ejercicio de propaganda de la NASA”.

Para Hoyle, la teoría convencional de la gran explosión carece de auténticos soportes racionales, que no son mas que un reflejo de la necesidad de creer en la acción de Dios. “De hecho -dice Hoyle-, entre los científicos de más calidad de los países del Este, que suscriben religiones diferentes a las europeas o americanas, la teoría del Big Bang se enfoca de manera más prudente. Eso no significa que yo niegue implícitamente la existencia de Dios”.

Pudiera ser que en nuestra necesidad racional de encontrar pruebas de la existencia de Dios hayamos aceptado demasiado alegremente una teoría científica que apoyaría ampliamente esa existencia (sólo una intervención divina podría hacer explotar un punto infinitamente pequeño en el que estaría inimaginablemente condensado todo lo que forma nuestro universo).

Los cuásares se asocian a galaxias activas

Los argumentos de Arp tienen cuatro sólidos puntos de anclaje, especialmente el que asegura que los cuásares no son los objetos más distantes del universo, como asegura la cosmología institucionalizada, sino que están asociados a galaxias cercanas y activas. Como el lector sabe, los cuásares son objetos celestes que en un principio parecían estrellas corrientes, pero que emiten radioondas con una inusitada potencia. De ahí el nombre, “radiofuentes cuasi estelares”.

Su corrimiento hacia la zona roja del espectro parece indicar que se alejan a gran velocidad y que se encuentran a una distancia muy lejana, hasta 10.00 millones de años-luz, y así es como se acepta por, prácticamente todos, los astrónomos.

Su segundo argumento asegura que el desplazamiento al rojo de los cuásares nada tiene que ver con la velocidad, ni la expansión del universo, sino que se trata de una característica propia del cursar, algo así como un distintivo por el que se reconoce. Pero no sólo los cuásares tienen anómalos desplazamientos al rojo, sino galaxias enteras, que además están relacionadas con ellos. Ésa es su tercera constatación tras muchos trabajos de observación.

Halton Arp y astrónomos heterodoxos contra el Big Bang

Un grupo de astrónomos y físicos ha combatido con serios argumentos la extendida tesis de que el universo y todo cuanto existe comenzó con una gran explosión. No aceptar la teoría del Big Bang, el nuevo paradigma de la ciencia, les ha costado a algunos de estos científicos una auténtica persecución inquisitorial, ya que si tuvieran razón sería necesario revisar toda la ciencia cosmológica tal como la conocemos.

Hace ya veinte años, un hombre decidió enfrentarse a la ciencia establecida, concretamente a la cosmología. Sus armas eran sólidas, pero ¿qué podía hacer un hombre sólo contra una legión de cerebros? Halton Arp no era un hombre corriente, por supuesto. En su momento fue un astrónomo muy considerado por la comunidad científica, incluso publicó una “pieza básica de la astronomía extragaláctica”, el Atlas de Galaxias Peculiar es.

A partir de este trabajo comenzó a percatarse de que algunas galaxias activas estaban íntimamente conectadas, incluso por chorros de materia con esos extraños objetos cósmicos que son los cuásares y que se suponía que eran los objetos más alejados del universo. Pero, si estaban asociados, no podía existir lejanía de miles de años luz como suponía la ciencia establecida.

Esa idea que le rondaba una y otra vez por la cabeza le valió que cayera en picado del ranking de astrónomos internacionales en el que, hasta entonces, se encontraba situado en una de las mejores posiciones. Sólidamente convencido de que algo no encajaba en el edificio de la cosmología siguió con su investigación a contracorriente.

Caza de brujas

Su insistencia y sus argumentos de nada le valieron, ya que se desató una auténtica caza de brujas contra él y se le vetaron trabajos de observación en todos los observatorios astronómicos de Estados Unidos. La persecución se hizo tan agobiante que Arp se vio obligado a exiliarse a Alemania, al Max Planck Institute, donde imagino que aún trabaja en la actualidad.

“Arp es como una piedrecita en el cómodo zapato que se ha ido forjando la cosmología moderna”, dice el astrofísico español Manuel Sanromá. Pero, ¿a que se debía esta inquina que aún se mantiene y que obliga a un  reputado científico a exiliarse a miles de kilómetros de su patria?

Cuestionando el paradigma del Big Bang

Pues simplemente ha planteado, con incómodos argumentos para sus oponentes, que nunca existió un Big Bang, es decir una explosión inicial con la que dio comienzo el universo, y eso, al parecer de la mayor parte de los físicos es anatema que requiere un purificador “auto de fe”.

Por supuesto que Arp no es el primero ni el único en sugerir esta hipótesis, ya que existe un reducido grupo de científicos heterodoxos que cuestionan el paradigma del Big Bang, como Fred Hoyle, Geoffrey Burbidge o Martin Rees, pero sí el que mejor ha sistematizado los datos empíricos y astronómicos que existen en contra de la teoría oficial.

El Big Bang es el paradigma de la cosmología actual, es decir la idea de que todo lo que existe nació de una gran explosión hace 15.000 millones de años. Y sobre esta idea trabajan elaborando sus hipótesis y teorías millones de científicos de todo el mundo, intentando encontrar fórmulas que expliquen cómo funciona el universo.

Como dice el astrofísico Manuel Sanromá, las teorías científicas están elaboradas por personas, a las que ha costado muchos años de esfuerzo y trabajo como para tirarlas a la basura a las primeras de cambio. Trabajan sobre un “paradigma”, así que cuando surgen resultados o argumentos que pueden hacerlo peligrar, la reacción puede ser incluso violenta.

domingo, 3 de junio de 2012

Seres que escapan a nuestros sentidos


Aunque nuestros sentidos sean incapaces de apreciarlo, oculto a nuestra vista existe un universo microscópico de formas caprichosas, de horripilantes monstruos, de bosques de abigarradas fibras, de montañas formadas por granos de polvo y de sustancias incalificables.

En un pequeño jardín casero podríamos reunir hasta cinco kilos de seres imperceptibles

Cualquier rincón de la cocina nos puede impregnar los dedos con varios cientos de bacterias

La vista más aguda y penetrante no vería siquiera cien mil pseudomonas juntas

En la alfombra de nuestro salón podemos encontrar arena del desierto del Gobi

La frente de cualquier ser humano está poblada por 72 millones de bacterias

En una cama de matrimonio conviven hasta dos millones de ácaros del polvo

La cara oculta de nuestra faz

La visión del ácaro, posiblemente no tendríamos que ir a buscarla a la alfombra o la cama. De nuestro propio rostro, ahora empequeñecido surgiría el horror. En la cara viven ácaros acorazados que llegan a medir hasta 50 micras, que no fueron descubiertos hasta 1972. Su existencia transcurre plácidamente colgados de sus ocho patas de los pelos que poseemos en pestañas y cejas. Se trata de un habitante de las zonas faciales pilosas, presentes en todos los seres humanos. Además, continuamente les proporcionamos alimentación en forma de lápiz de ojos o tónicos faciales, un apetitoso bocado para estos espantosos gourmets.

En la cara, los ácaros acorazados tienen que coexistir con un buen montón más de especies bacterianas, bastante más pequeñas de tamaño. De hecho, si poseyéramos la menudencia apropiada podríamos toparnos en una nariz humana con un virus de la gripe o cualquier otro de los que habitan en las fosas nasales. El virus es la forma de vida más elemental, ya que se compone tan sólo de ácido nucleico rodeado de proteínas.

Según cálculos de los microbiólogos, existen unas 1.200 bacterias por centímetro cuadrado en las piernas y brazos; 6.000 en el tronco y dos millones en las mejillas, mentón y nariz. Pero la frente es el santuario de la bacteria. Se calcula que una frente de persona normal contiene hasta 72 millones de residentes microscópicos que nacen, crecen, se reproducen y mueren en cuestión de horas. En una vida de 10 minutos, una bacteria se reproduce cada 30 segundos.

Estas bacterias se alimentan de agua salada que procede de los poros y la grasa facial les proporciona el contenido más adecuado de aminoácidos. Como no soportan el oxígenos, los microbios, que miden de una a dos micras de largo, se esconden tras las células cutáneas de la frente que miden 14 micras y que mantienen una permanente capa de grasa. Pero lavarse no sirve de nada. Los epidemiólogos, aseguran que después de un meticuloso lavado aumenta el número de bacterias en el cuerpo humano.



Cuando, con la imaginación, volvamos a nuestro tamaño real, es posible que veamos, paradójicamente, el mundo invisible con otros ojos.

Ácaros: Horror en el polvo

Afortunadamente hemos escapado de la cocina y hemos ido a parar, tras distintos sustos y encuentros, a la alfombra del salón. El bosque de fibras se convierte en un lugar inhóspito donde acechan los horrores. En primer lugar, el polvo en sí mismo es una miscelánea de desperdicios. Lo que conocemos como polvo contiene todo tipo de elementos extraños: arenas de todos los desiertos, escamas de la piel, brillantes partículas de cadmio, sal marina, esporas de hongos, esqueletos de ácaros, miembros microscópicos perdidos por insectos, moléculas de perfume, pólen, fibras de amianto, cenizas, hollín y otro montón de objetos incalificables. Se ha calculado que en un metro cúbico de aire flotan unos diez millones de objetos inapreciables a simple vista.

Pero nuestro espanto más destacable tendrá lugar cuando nos topemos cara a cara con un ácaro del polvo. En realidad se trata de un arácnido que mide 40 micras, invisibles por tanto para el ojo humano, que posee ocho patas, lo que le clasifica como pariente lejano de la araña, y con un cuerpo levemente acorazado y recubierto de pelillos.

No hay que alarmarse por hospedar estos desagradables inquilinos. Son absolutamente pacíficos y puede asegurarse que se encuentran en el cien por cien de los hogares, por muy limpio que se tenga. No fueron descubiertos hasta 1965 y su lugar preferido de residencia son las alfombras y las camas. Su principal alimento consiste en escamas de piel que continuamente se desprenden de los seres humanos, tan diminutas que tampoco son perceptibles. Cualquier movimiento que realizamos provoca una caída multitudinaria de escamas, que puede llegar hasta varias decenas de miles en un minuto. Así que el ácaro sólo tiene que abrir la boca y esperar que le llueva el maná del cielo y llevar la vida más placentera posible (comer, defecar y copular).

Por supuesto, no sólo la alfombra es portadora de estas inapreciables bolsas acorazadas; una cama de matrimonio puede contener en sus diversas capas textiles una media de dos millones de individuos vivos y un cúmulo innumerable de antepasados, ya cadáveres. Cada ácaro además produce unas 20 bolitas de excrementos al día, las cuales flotan en el aire que respiramos debido a su escasa consistencia.

Sin duda se trata de una de las especies mejor adaptadas a nuestro mundo. Se han localizado ácaros a 5.000 metros de altura en el Everest, en la Antártida (a pesar de ser un animal que procede de las zonas tropicales), en las profundidades del Pacífico y como parásitos de otros animales de las selvas húmedas.

Una de las maneras más efectivas de acabar con el ácaro es el aspirador, si cambiásemos la bolsa tras cada aspiración, ya que éstas representan el paraíso acariano, dado la cantidad de escamas cutáneas que en ella se acumulan. Pero pocos ciudadanos son tan precavidos. Así que cada vez que volvemos a pasar el aspirador con la bolsa llena, los conductos de ventilación del aspirador se encargan de expulsar un buen número de ácaros de una nueva generación.


En la alfombra, que en nuestro reducido tamaño se ha convertido en un laberinto de túneles de fibra, nos toparemos con algún grueso cable repleto de  infectas rugosidades. No es más que uno de los 200.000 pelos, en realidad no es mas que una larga hilera de células muertas, que soporta el cuero cabelludo de un moreno (los pelirrojos tienen 170.000 aproximadamente y los rubios 180.000 más o menos). Si nos acercamos a ese extraño cable veremos que las rugosidades son elementos adheridos a la grasa que se han ido acumulando allí desde la última vez que se lavó.  El pelo es una ristra de células muertas que surge por cada uno de los poros que posee el cuero cabelludo y la grasa es el lubricante que se genera para que el cabello se deslice sin que produzca comezón en la cabeza. A medida que crece el cabello, la grasa se enfría y se convierte en un pegamento al que se adhiere todo aquello que conforma el polvo, según expusimos más arriba.


A lo largo de nuestro periplo por la alfombra encontraremos también obstáculos rocosos. Son diminutas partículas de arena que proceden de los más remotos desiertos del planeta: Gobi, Sahara, Mojave y otros. Esos diminutos granos tienen una longitud comprendida entre una y 30 micras y se acumulan en los nudos de las alfombras (es una de las principales causas de su deterioro). ¿Pero cómo puede llegar arena del Gobi hasta la alfombra de nuestra sala?

Por cada persona viva ascienden a las alturas desde los desiertos 25 kilos de granos diminutos de arena al año que rebotan en una bruma invisible a varios metros por encima de los desiertos. Las turbulencias de aire cálido transportan a lomos del viento esta arena hasta nuestra ciudad y se deposita con suavidad sobre nuestras ropas de abrigo. Cuando llegamos a casa, esa arena se desprende al desnudarnos y no es extraño que una buena parte de los granos vaya a parar a la alfombra.

Pulpos de pared


Si pasamos junto a una pared húmeda camino de la sala, podemos observar otro habitante invisible y hogareño que ha llegado por el aire en forma de espora y se ha adherido al muro. Son los hongos. Si la pared está seca, la espora rebota, pero si el clima es húmedo resulta de lo más acogedor e inmediatamente empieza a crecer como un pulpo mutante con un gran número de brazos o hifas, que le servirán para atrapar los alimentos tales como granos de azufre, cola del papel pintado si lo hay o los metales disueltos en la pintura. De hecho, cuando se pasa cerca de una pared húmeda no advertiremos su presencia, pero sí el olor a moho que producen y que procede de la expulsión de gases del exceso de alimentos.

También es habitual en nuestros hogares otra conocida criatura bacteriana. Se trata de las pseudomonas, las cuales portamos en todos lados y cualquier lugar es bueno para que se reproduzcan. La vista más aguda y penetrante no vería siquiera cien mil pseudomonas juntas. Se impulsan mediante una cola que utilizan como hélice y su velocidad de crucero es -0,0001609 kilómetros por hora, la cual resulta una velocidad increíblemente rápida para su tamaño, según los microbiólogos.

Su lugar preferido de residencia, al igual que el de muchas otras bacterias, es el trapo de la cocina con el que secamos los platos y las superficies húmedas. Como señala el escritor David Bodanis: “Los horrores que contiene este simple tejido no son algo que pueda contemplar sin estremecerse una persona de escasos arrestos”. Con el tamaño imaginario que tenemos, bien podríamos ir a parar a este ilustre trapo. Y sería terrible: cada migaja de pan, cada residuo de comida, cada gota de aceite dará lugar a la aparición de especies distintas de microbios especializados. Los epidemiólogos no dejan de advertir sobre los peligros que representa el trapo de cocina para propagar las poblaciones bacterianas dentro del hogar.

Monstruos en la cocina

Nuestro exiguo tamaño en este mundo desconocido nos expone a toda clase de peligros. Queremos huir hacia el interior de la casa, pero las distancias son tan inconmensurables a nivel bacteriano que tardaríamos años en hacer un recorrido. Un metro para un microbio equivaldría para nosotros a 700 kilómetros. Pero la fantasía nos permite aterrizar ahora en la cocina, uno de los lugares preferidos por los habitantes invisibles.

De todas las criaturas con las que tendremos que luchar, destaca la salmonella, la bacteria más temida por todos los comensales del mundo. Se trata de un ser tan diminuto (dos micras, o lo que es lo mismo dividir un centímetro en diez mil partes y multiplicar una de esas partes por dos) que durante muchos años se concibió como una fantasía, hasta que el veterinario Daniel Elmer Salmon, la clasificó y puso nombre. Naturalmente se trata de una de las muchas formas de vida microscópica que pulula por una cocina, pero, sin duda, es la más peligrosa.

Tiene la forma de un pequeño submarino del que llegan a colgar hasta 15.000 filamentos retorcidos y se encuentran por todo el mundo, aunque la cocina esté impecablemente limpia, ya que anidan en cualquier lugar húmedo. Los trapos, las bayetas y los estropajos son habitáculos perfectos para su reproducción. Pero tampoco hacen ascos a otras superficies menos acogedoras, como los pomos de las puertas o las asas de la nevera, que tan a menudo tocamos con las manos húmedas. Y, aunque los desinfectantes del hogar provocan una enorme mortandad entre las salmonellas, resulta casi imposible impedir la presencia de esos seres microscópicos. Sin humedad morirían de sed en una semana, cosa  virtualmente imposible en una cocina. Cualquier rincón que toquemos con nuestros dedos nos impregnará con una colonia de varios centenares de esos minúsculos indigentes.

Si nosotros mismos tuviéramos el tamaño de la salmonella y nos pegáramos a un dedo humano lo encontraríamos, cuando menos, chocante. Nada de lo que nos es conocido se parece a la piel humana. Un dedo es un terreno agreste y cenagoso, como un pantano en una zona de lomas, en la que las células cutáneas forman colinas que terminan en repentinas cavernas. Encontraríamos charcas de limo y grasa sobre esa rugosa superficie, resultado de la transpiración y de los demás fluidos de la piel. Este lugar, debido a su contenido alimenticio en minerales y aminoácidos es el ideal para que la salmonella se reproduzca.

En estos rincones tan humanos, los habitantes que ya existen, otros tipos de bacterias, luchan denodadamente contra los invasores del Dr. Salmon con unas armas muy efectivas: chorros de antibióticos que resultan mortales para el invasor. Sin embargo, la salmonella también produce un antibiótico agresivo, mediante el cual puede eliminar las bacterias intestinales y producir la conocida y temida intoxicación. Pero, ello no debe llevarnos a la paranoia ni llegar a los extremos de Louis Pasteur, el perseguidor de los bacilos, que siempre portaba una lupa cuando iba a comer a una casa desconocida.

Los habitantes del mundo invisible

Estarán ustedes de acuerdo conmigo en que nuestra experiencia sensorial es muy limitada. Nuestros sentidos, aunque maravillosos, dejan escapar todo un universo de formas, colores y sonidos. ¿Qué verían nuestros ojos si fuesen facetados como los de la mosca o nictálopes como los del gato, o qué escucharían nuestros oídos si poseyéramos el delicado sonar del delfín? Ilusiones sin duda, pero gracias a instrumentos creados por el hombre nos podemos acercar a ese mundo fascinante de lo invisible y a sus habitantes.

Háganse ustedes conmigo seres microscópicos. Imagínense que se han convertido en protagonistas de películas tales como El increíble hombre menguante, Viaje Alucinante o Cariño, he encogido a los niños (en la imagen).

Desde este momento el mundo que nos rodea, el hogar acogedor y satisfactorio de nuestra vida cotidiana, se ha transformado radicalmente. El césped del jardín es como una intrincada selva amazónica y el pelo de la alfombra de nuestra sala se ha convertido en un fantasmagórico bosque en el que habitan seres innombrables. Imagínense: se ha calculado que en una hectárea de buen prado pueden pacer 400 kilogramos de ovejas, pero bajo sus pezuñas habitan seres vivos minúsculos e invisibles, que reunidos alcanzarían los 1.600 kilos, sin contar insectos, como pulgones, hormigas o escarabajos, ni lombrices. En un pequeño jardín casero podríamos reunir hasta cinco kilos de seres imperceptibles.

Nuestro paseo por los poros del terruño, serviría para escribir la más fantástica de las novelas galácticas. Pero en el fondo es como un recorrido por los fondos marinos, donde la gran variedad piscícola permite que el pez grande se coma al pequeño. Las diminutas bacterias del jardín sirven de alimento a los protozoos  y éstos a su vez a los nematodos, unos repugnantes cilindros vivos, pero ciegos, de los que cuelgan seis grandes labios.

Naturalmente, esta cadena alimenticia no para ahí. Entre la inmensa masa de seres vivos que allí pululan podemos encontrar estafilococos, de los que se surten los laboratorios para fabricar penicilina, y otros tipos de bacterias benéficas como los estreptomicetos, que proporcionan a la humanidad la tetraciclina y la estreptomicina, pero que además son los causantes del agradable olor a tierra fresca que nos llega de los prados verdes.

Pero ningún microbio tan atractivo como la mucorácea del légamo, una forma viva formada por miles de millones de amebas individuales que, cuando deja de ser productivo el terreno de césped del que se alimentan (a causa de un simple pisotón, por ejemplo), levantan una curiosa torre viva de lanzamiento, que se solidifica mediante la segregación de una mucosa y que supone el sacrificio para casi toda la población, de tal manera que unos pocos individuos encerrados en cápsulas puedan lanzarse para que se las lleve el aire hasta algún terreno adecuado para su reproducción. El sacrificio altruista a mayor gloria de la perpetuación genética.