sábado, 7 de abril de 2012

Diez razones para ser pesimista en el siglo XXI

El siglo XXI será ecopesimista, aunque también existan (escasas) razones para el optimismo. El término “ecopesimismo” se lo debemos a Pedro Costa Morata, Premio Nacional de Medio Ambiente 1998, quien lo define como “la percepción, más o menos extendida socialmente, de que los elementos básicos que constituyen el medio ambiente (aire, agua, suelo y recursos naturales) se desenvuelven bajo la acción continuada de una degradación sensible como resultado de la acción humana”.

El ecopesimismo nada tiene que ver con el fatalismo y se trata, en palabras de Pedro Costa, de “una de las pocas posiciones mentales y sociales que puede generar contestación, producir erosión y anunciar alguna brecha en la fortaleza del pensamiento único y la necrofilia dominante. Y una de las pocas actitudes saludables y constructivas frente al futuro, que no es ni más ni menos que el que se construye y arranca a despecho de la crudeza del presente”.

Las nuestras son predicciones realistas, están ocurriendo ya a nuestro lado, pero son sistemáticamente rechazadas por la sociedad de consumo. A lo sumo se puede aspirar a que se quemen menos bosques, a que la gente recicle un poco mejor su basura o a que se consuma gasolina sin plomo en los coches. Pero en lo fundamental, nuestra sociedad no quiere cambiar, aunque el cambio se producirá tarde o temprano, respondiendo a la misma dinámica que todas las estructuras disipativas del universo, teorizadas por el premio Nobel de Química Ilya Prigogine.

Las estructuras disipativas son sistemas que alcanzan tal grado de complejidad, que se vuelven ineficaces por estacionarios, hasta que un suceso (entrópico e irreversible) se transforma en el punto de inflexión por el que la entidad o sociedad se organiza de otra forma más evolucionada.

A continuación exponemos diez razones estrictamente ecopesimistas
  • Este siglo fragua un mundo de monstruos y quimeras genéticas
Los genetistas e industrias farmacéuticas han conseguido de sus respectivos gobiernos que levanten la prohibición de trabajar con embriones humanos, tras el hallazgo del siglo pasado que permite clonar células humanas embrionarias, es decir, cuando aún no se han definido. Los científicos pueden extraer de un embrión estas células e imponerlas sobre un hígado adulto, por ejemplo. Pronto las células indefinidas habrán adquirido las particularidades de una célula hepática. Desgraciadamente este descubrimiento traerá consigo un terrible mercado de embriones humanos vivos, los cuales hay que destruir para obtener las células madre.

Asimismo, se pretende crear un banco de datos genético con las células clonadas de todos los recién nacidos, con el objeto de generar una biblioteca de cultivos celulares con nombres y apellidos. Por último, es posible, si nos atenemos a la breve historia de la genética que se acabe seleccionando los mejores ejemplares humanos, los cuales serán reproducidos continuamente para dar lugar a sociedades como las descritas en Un mundo feliz o en Gattaca.
  • Incremento de las catástrofes naturales a causa del calentamiento global
Si el pasado siglo fue pródigo en catástrofes naturales, los expertos auguran otra década negra. La causa estriba en el calentamiento global del planeta provocado por la actividad humana. Según la ONU, el número de afectados por cualquier tipo de cataclismo ha aumentado un 10 por ciento en el transcurso de los treinta últimos años. Y a pesar de ello, los países no se ponen de acuerdo para disminuir las emisiones de CO2 a la atmósfera, causa fundamental de los desequilibrios climáticos que sufrimos. Como las anteriores, la cumbre de Durban acabó sin acuerdos importantes y se dejaron para el año que viene las ratificaciones y tomas de decisiones. Mientras tanto, al planeta le sigue subiendo la fiebre, hasta el punto que si hoy tiene 1 grado más que hace cien años, dentro de 30, habrá llegado a 2 grados. O dicho de otra manera, si el nivel del mar ha aumentado de 10 a 20 centímetros durante el último siglo, en el 2030 estará por encima de los 50 centímetros.
  • Otra época violenta
Este año muchos chavales que nos rodean y nacieron en el 2000 cumplirán doce años. Si han consumido tres horas de televisión al día (una cifra modesta en ciudades y urbanizaciones), ya ha tenido tiempo de ver morir a 8.000 personas y aprender, con morboso detalle, cómo se cometían 100.000 actos violentos, un 73 por ciento de los cuales (según un estudio estadounidense de Mediascope) quedan impunes, ya sean personajes positivos o negativos. El departamento de psiquiatría de la universidad de Washington, en Seattle (EE.UU.), ha estimado que diez mil muertos son las víctimas del impacto que tiene la violencia televisiva en los habitantes de los Estados Unidos, es decir de la mitad de los homicidios que se producen en ese país.
  • Este siglo será de la enfermedad, no de la salud
Según el triunfalismo que predica el cuerpo médico, gracias a la medicina durante 1999 aumentará la esperanza de vida de los ciudadanos. Pero esperanza de vida, sostenida química, radiactiva, mecánica o quirúrgicamente, no es salud.

La esperanza de vida está relacionada con la higiene, la cultura, la riqueza y, como ha demostrado Amartya Sen, premio Nobel de Economía, con la democracia. El uso y abuso de fármacos, sin embargo, se relaciona con la enfermedad. Y creo que en Occidente nos llevamos la palma en cuanto a gasto farmacéutico. Este año, Estados Unidos va a perder 200.000 ciudadanos por abuso de medicamentos, lo cual supone una de las principales causas de muerte en el mundo desarrollado.

Eso por no hablar de la escasa resistencia que posee nuestro sistema inmunológico a los antibióticos, un problema cada día más preocupante porque en casi todos los países occidentales, las infecciones han progresado un 25 por ciento.
  • El siglo XXI verá un mundo cada vez más pobre
Este siglo nos hemos percatado de que el Sur no son sólo remotos países africanos o asiáticos, que está ahí a la vuelta de la esquina. Las desigualdades, incluso dentro de los propios países, se acentúan. El “estado del bienestar” sigue siendo una utopía.

2.600 millones de personas viven en la pobreza en el mundo. Los ingresos anuales de todo este montón de personas, es algo inferior al dinero que poseen las 500 personas más ricas del mundo. El hambre será sufrida este año por más de mil millones de personas de todo el mundo, a pesar de que existen suficientes alimentos para todos, pero mal distribuidos. Mientras en Europa se produce un 30 por ciento más de alimentos por cada uno de sus habitantes que a mediados de los años 60, en África se genera un 27 por ciento menos de alimentos por habitante que en 1967.
  • El siglo en que nos alimentamos peligrosamente
Nuestra falta de preocupación por saber qué le damos al cuerpo para su correcto desarrollo, sólo es equiparable a nuestra idiotez por no desear aprenderlo nunca. El 70 por ciento de los alimentos que consumiremos esta década serán de origen industrial. Los alimentos elaborados se encuentran repletos de aditivos que cada día se demuestran más implicados en enfermedades humanas. Recordemos que de los 80.000 productos químicos comercializados, sólo de un 20 por ciento se conocen algunos efectos sobre los seres humanos.

La biotecnología y la clonación, por ejemplo, nos prometen espeluznantes quimeras en la ganadería, fantásticos peces de granjas marinas y extrañas hortalizas en agricultura, pero no menos importante se presentan la reconstrucción de alimentos, la recuperación de legumbres y hortalizas perdidas, las técnicas de presurización, los embalajes de alucine o la brillante irrupción de las proteínas vegetales.

Por último, el peligro para los carnívoros es evidente: vacas y ovejas locas, gripe del pollo, peste porcina, clembuterol en la carne de vaca, turalemia de las liebres. Todas ellas enfermedades que los animales ya transmiten al hombre de un modo directo o indirecto.
  • El camino hacia el fin de la reproducción tal y como la conocemos
No se trata de que a partir de ahora todos los niños se reproduzcan in vitro porque sea la moda, es que la fertilidad masculina está amenazada hasta límites que aún no queremos escuchar. De hecho, se trata de un tema silenciado por la industria y los gobiernos. Culpables de la situación: los plásticos.

Cuando hace una década se dieron a conocer los resultados de la universidad de Copenhague sobre la pérdida de fertilidad masculina, apenas se concedió importancia pública en los medios de comunicación y, por supuesto, muchas instituciones de la salud de todo el mundo hicieron oídos sordos. Si en 1940, una eyaculación contenía 113 millones de espermatozoides por mililitro, en los años 90 del siglo XX, apenas se alcanzaban los 66 millones. ¿La causa? Los productos químicos que nos rodean, que actúan como el estrógeno, una de las hormonas femeninas que intervienen en los procesos sexuales y la reproducción. Cuando se incrementan los estrógenos en la sangre de un feto macho que se encuentra en proceso de formación, puede ocurrir que éste adquiere rasgos femeninos, como hipertrofia de los genitales, aumento del volumen de las mamas y pérdida de vello corporal.

Los autores del informe Nuestro Futuro Robado, han relacionado el aumento de la homosexualidad, tanto masculina como femenina, con los pseudoestrógenos ambientales. Esa relación ya se ha demostrado en animales desde los años 70, aunque falta un estudio riguroso en humanos.
  • Infoanalfabetos e infoproletarios, las nuevas clases desfavorecidas este siglo
Aquellos que no se encuentren conectados a las redes son los nuevos analfabetos y pertenecen a las clases sociales más desfavorecidas. Así lo pensaba hace ya 20 años Nicolás Negoponte, el guru de la era telemática. Vivimos en la era de la información y quien no sepa acceder a ella en cualquier rincón del globo está desenganchado del futuro. Jacques Attali hablaba de nuevos nómadas que sólo poseen lo que llevan encima: una tarjeta de crédito inteligente y un ordenador conectado a Internet. Aunque sólo posean esos objetos, serán los dueños del mundo. La otra cara de la moneda son los netalcohólicos, borrachos de información, adictos al ordenador, incapaces de vivir fuera de la red y para los que se han creado singulares servicios terapéuticos, pero eso sí, siempre dentro de Internet.
  • El nuevo siglo verá florecer tanto fanatismos como malas noticias
El futuro no es más que una incertidumbre que produce angustia y “dicha angustia es terreno propicio para comprar ideología barata, incorporarse a una secta, adherirse a movimientos caducos, religiosos, fascistas”, dice el prospectivista Hugues de Jouvenel.
Cada vez que leemos sobre un nuevo suicidio colectivo o el resurgir del integrismo islámico, poseemos una pieza más del puzzle futurista. El miedo empuja a la sociedad a buscar respuestas metafísicas, ya que la ciencia sólo genera nuevas incertidumbres, mientras que la religión ofrece la seguridad de la fe. La religión mormona, por ejemplo, se incrementa cada año en 200.000 nuevos acólitos y más del cinco por ciento de los estadounidenses se considera new agers, esto es, se sienten partícipes del movimiento espiritual de la Nueva Era.
  • Millones de especies desaparecerán en este siglo
La pérdida de la biodiversidad es otra de las grandes tragedias de nuestro nuevo siglo. 34.000 especies se encuentran en la lista de especies en peligro elaborada por la Unión Internacional para la conservación de la Naturaleza (UICN), amenazadas por las industrias alimentarias, peleteras, farmacéuticas y madereras. Se conocen 1,75 millones de especies vegetales, mientras que su número se estima en 13 millones. La mayoría no llegaremos a conocerlas porque se pierden definitivamente con la selva que las cobija. Se calcula que en la zona tropical, desaparecen de media cinco especies al día.

También las plantas cultivadas y los animales domésticos se encuentran en retroceso. Según la FAO (el organismo de la ONU para la alimentación y la agricultura), en los últimos 50 años se ha perdido el 75 por ciento de la diversidad genética de las plantas cultivadas. Pero la culpa la tenemos porque hemos reducido nuestra variedad alimenticia. De las 10.000 a 50.000 plantas comestibles que se calcula existen, tan sólo utilizamos de 150 a 200 para nutrirnos.

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