domingo, 8 de abril de 2012

Athanasius Kircher

Este jesuita y polígrafo alemán, nacido en la primavera de 1602 en Geisa, cerca de Fulda, tal vez sea el último representante intelectual del Renacimiento. Kircher perteneció a una estirpe de intelectuales, extinguida con la especialización, capaz de compaginar indudables conocimientos de astronomía con la descripción en clave pitagórica de la armonía de las esferas o la mística de un viaje angélico por los cielos con la observación de las manchas solares a través del telescopio.



Kircher: Religioso y heterodoxo

Considerado por unos padre de la geología, enciclopedista musical del primer Barroco, inventor de la linterna mágica, experto en lenguas orientales y traductor de los jeroglíficos egipcios, otros le achacan mantener creencias atávicas como la palingénesis, resurrección de plantas a partir de sus cenizas que él mismo sostenía haber realizado, la existencia de la Atlántida, la generación espontánea de los insectos o la veracidad absoluta del Antiguo Testamento, que le condujo a dedicar numerosas páginas a cuestiones como el Diluvio, la altura de la Torre de Babel o a la distribución de los animales en el Arca de Noé.

Esa misma poderosa naturaleza intelectual se refleja en su vida, especialmente en anécdotas de su juventud que escribió personalmente. Desde temprana edad se sintió señalado por Dios para algún destino especial, puesto que durante su mocedad escapó cuatro veces de la muerte de forma que consideraba milagrosa e, incluso ya ordenado sacerdote, continuaba sufriendo visiones premonitorias como la de la invasión de las tropas protestantes suecas de Gustavo Adolfo, que supusieron su salida de Alemania.

Tras breve paso por Francia, en 1633 fue llamado para suceder a Kepler como astrónomo imperial en Praga. Nunca llegó a ocupar el cargo, puesto que al llegar a Roma la Compañía le alojó en el célebre Colegio Romano, que iba a ser su hogar hasta su muerte y donde encontró las facilidades necesarias para comenzar sus investigaciones científicas y humanísticas, concentrándose en un tema diferente cada tres o cuatro años.

Jeroglíficos egipcios

Pero, la razón por la que se quedó en la Ciudad Eterna, participar en una comisión para el estudio de los jeroglíficos egipcios, se transformaría en su obra más importante, el Oedipus aegyptiacus. Publicada en 1652, contenía la idea, a todas luces errónea, de que la escritura jeroglífica egipcia sólo podía comprenderse con la ayuda del Espíritu Santo, algo muy lejos del método desarrollado en el siglo pasado por Champolion. Pero acertó a establecer la relación del copto y de la antigua lengua egipcia, y su segundo volumen encierra una profusa información sobre antiguas doctrinas, especialmente herméticas y neoplatónicas, cuyo valor es aún inestimable.

Con el tiempo, Kircher aplicó en sus escritos la terminología ocultista, aceptadas por sus superiores jesuitas que veían con buenos ojos que un miembro de la Orden se situase en primera línea del campo del hermetismo y la magia renacentistas, detentada a menudo por grupos radicales del protestantismo. Y, aunque dedicó mucho tiempo y energías a estos asuntos, antes y después abordó una prodigiosa variedad de disciplinas.

Magnetismo y vulcanismo

Realizó estudios de magnetismo y de vulcanismo; investigó las causas de la peste, que acertadamente achacó a los gérmenes; investigó sobre astronomía y óptica; recopiló información sobre China, donde quiso ser misionero, y diseñó una computadora preelectrónica para componer música, el arca musarrítmica.

En su Poligraphia nova, propuso un lenguaje universal de símbolos con vocabulario en latín, italiano, español, francés y alemán; expuso los significados del número en Arithmologia; desarrolló un sistema lógico inspirado en el Arte de Raimundo Lulio en Ars Magna Sciendi, su obra más hermética mientras que en la más popular, Mundus subterraneus, escribió sobre geología, fósiles, demonios de las profundidades, venenos, minería, pirotecnia o alquimia.

En sus últimos años sufrió los ataques de estudiosos que ya no temían la autoridad de los jesuitas. Retirado de toda actividad intelectual a partir de 1678, se dedicó a impartir ejercicios espirituales hasta su muerte, acaecida en Roma en noviembre de 1680.

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