lunes, 12 de marzo de 2012

Newton y las sociedades secretas


La hermandad secreta de Toth

Los principales escritos de Newton relacionados con las ciencias esotéricas fueron un tanto sorprendentes y salieron a la luz a mediados del siglo XIX. Se adquirieron en pública subasta por el economista John Maynard Keynes, quien hizo un meticuloso estudio de los manuscritos, publicado en 194, donde recogía la significativa conclusión de que Newton contemplaba “el universo entero y cuanto hay en él como un enigma, como un secreto que podía descifrarse aplicando el pensamiento puro a ciertas pruebas, a determinadas claves místicas que Dios había ocultado por el mundo para permitir una especie de búsqueda del tesoro del filósofo por la hermandad esotérica.

Creía que parte de esas claves debía encontrarse en el testimonio de los cielos y en la constitución de los elementos, pero también en ciertos documentos y tradiciones transmitidos por los hermanos en una cadena ininterrumpida que se remontaba a la revelación críptica original”.

Newton indicó repetidamente que para todos sus trabajos no sólo se había valido de su genio, sino que había acudido a un muy antiguo y secreto depósito de sabiduría. Todo parece indicar que aludía o insinuaba el conocimiento de la existencia de alguna forma de saber oculto únicamente al alcance de los iniciados. Así, por ejemplo, afirmaba de una forma explícita que la ley de la gravitación expuesta en sus Principia no era novedosa, sino que había sido totalmente conocida y asimilada en tiempos remotos.

El que Newton tuviera acceso a los “tesoros secretos” de la sabiduría antigua, implica, en primer término, la existencia continuada a lo largo de milenios de una secta, un cenáculo clandestino cuyo único fin fuese transmitir un saber exclusivo y privilegiado. La transmisión de la tradición hermética y de la información esotérica, junto con la enseñanza y la práctica de ritos y ceremonias arcanos, tuvo lugar durante siglos dentro de las diversas órdenes masónicas, de una generación a otra y entre diversas partes del mundo, sin que hubiera habido nunca testimonio público de ello.

Newton masón

Opiniones de este tipo llevaron a especular con una presunta filiación masónica de Newton. Westfall recoge en su biografía cómo incluso personalmente había expresado, como antes lo hicieran Copérnico y Kepler, la opinión de que “los egipcios ocultaban misterios que excedían la capacidad del vulgo bajo el velo de ritos religiosos y símbolos jeroglíficos”, en apoyo del médico y alquimista alemán Michael Maier quien defendía que, a lo largo de la historia, el saber de todos los verdaderos adeptos a la ciencia procedía de Toth, el dios lunar egipcio.

Alrededor de 1703, cuando fue elegido presidente de la Royal Society, trabó amistad con Jean Desaguliers, un joven refugiado francés que se convirtió en una de las figuras más representativas de la francmasonería europea y, como maestre de la logia holandesa de La Haya, estuvo asociado con masones destacados como James Anderson o Charles Radclyffe. Aparte de esto nada hay que pruebe que Newton fuese masón, todo lo más se conoce su pertenencia a una oscura asociación filantrópica, el Gentleman´s Club of Spalding  (“El Club de Caballeros de Spalding”), entre cuyos miembros figuraba también Alexander Pope.

El Priorato entra en escena

Sin embargo, unas investigaciones (que pueden ser producto de un fraude) han venido a implicar la figura de Newton en una organización oculta auténticamente reservada, una secta depositaria de la ciencia sagrada y guardiana de un gran secreto.

Cuando Michel Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln realizaban pesquisas sobre el misterio de Rennes-le-Chateau, que desembocarían en la publicación impactante de El Enigma Sagrado, descubrieron en la Biblioteca Nacional de París unos sorprendentes e inéditos documentos que hacían referencia a una sociedad ultrasecreta, denominada el Priorato de Sión.

No es preciso referirse aquí a la génesis y los propósitos de esta orden, simplemente destacar el sorprendente hecho de que entre los curiosos documentos citados se encuentra una relación de nombres, una lista cronológica, que corresponde a los supuestos grandes maestres de esta misteriosa Prieuré. Y, ¡oh, sorpresa!, en ella figura claramente Isaac Newton, que ejerció su cargo entre 1691 y 1727, justo después de iniciar sus trabajos alquímicos y hasta el mismo año de su muerte.

Más sorprendente aún es, si cabe, que su antecesor fuera Robert Boyle y su sucesor Charles Radclyffe, cuya “mano derecha”, el enigmático Chevalier Andrew Ramsay, manifestara en repetidas ocasiones su admiración incondicional por Newton, “al que tenía por una especie de sumo ´iniciado` místico, un hombre que había redescubierto y reconstruido las verdades eternas que se ocultaban en los misterios antiguos”.

El último de los magos

Aunque envueltos aún en el misterio, existen numerosos indicios que apuntan a que Newton no fue realmente el científico mecanicista descrito por las generaciones posteriores y que todavía persiste en nuestros manuales de historia de la ciencia. Tal vez, como apuntaba Keynes, no fuera el primer científico moderno, sino “el último de los magos, el último de los babilonios y sumerios, la  última gran inteligencia que contempló el mundo con los mismos ojos que quienes empezaron a construir nuestro patrimonio intelectual hace algo menos de diez mil años”.

Simplemente una mente genial que buscaba descubrir un sistema del universo que incorporara principios divinos y matemáticos. Una empresa holística que aún está por completar.

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