lunes, 12 de marzo de 2012

Newton: la alquimia como religión




Entre otras muchas curiosidades, como descubrir que a Newton le atraía el hecho de que la tradición de un diluvio fuese general entre los pueblos antiguos y que consideraba a Noé como el antepasado común de la humanidad, llama la atención el que para él la figura realmente fundamental de la ciencia arcana fuera el profeta Moisés.

Consideraba a Moisés no sólo un testigo de la revelación divina, sino también un adepto de los misterios del universo y un maestro de la alquimia, y que contemplara el relato de la creación contenido en el Génesis, atribuido a Moisés, como la descripción alegórica de un proceso alquímico: “Moisés, ese antiguo teólogo, al describir y expresar la maravillosa arquitectura de este mundo, nos dice que el espíritu de Dios se movía sobre las aguas, que eran un confuso caos,... lo mismo que el mundo fue creado del oscuro caos mediante la producción de la luz y la separación del firmamento aéreo y de las aguas de la tierra, así nuestra obra produce el origen a partir del negro caos y su materia prima mediante la separación de los elementos y la iluminación de la materia”.

Curiosa manera de proceder para un científico, que hizo que cuando en el siglo pasado Sir David Brewster descubrió este interés por las transmutaciones, no pudo, ni quiso, explicarse esta actividad del padre de la física matemática por la “despreciable poesía alquímica”.

Alquimia, una creencia habitual

Y, sin embargo, la creencia en las transmutaciones era moneda común entre las mentes más ilustres de la época, como lo prueba el interés por la alquimia del filósofo empirista John Locke o el de Robert Boyle, con el que Newton mantuvo una prolija correspondencia sobre una receta para fabricar un polvo rojo, muy próximo a la piedra filosofal, que Boyle afirmaba haber descubierto. Incluso corre el rumor de que en una de sus cartas más esclarecedoras al respecto aparecen borradas ciertas palabras clave.

No es pues de extrañar, que los estudios de B.J.T. Dobs, de la Northwestern University, sobre esta “afición a lo oscuro” de Newton, aclaren que éste empezó a estudiar alquimia hacia 1688, cuanto contaba con 25 años, una edad a la que ya dominaba la química de la época y empezó a usar sus conocimientos para descifrar el proceso alquímico. Una tarea a la que, como prueba la gran cantidad de manuscritos no publicados que legó a su muerte, “se puede afirmar con certeza  dedicó más tiempo que a las matemáticas, óptica y mecánica celeste, por las que se hizo tan célebre”. Su laboratorio colindaba con la capilla del Trinity College.

Allí mismo, realizó complejos experimentos durante casi treinta años, hasta que se trasladó a Londres para trabajar en la Real casa de la Moneda, en 1696.  Este laboratorio alquímico de Newton también incluía un oratorio, ya que para todo adepto al opus nigrum el trabajo con matraces, redomas y hornos regenera tanto los metales, transformándolos en oro, como su alma, purificándola. No es raro que Newton escribiera que “quienes buscan la piedra filosofal se ven obligados por sus propias reglas a llevar una vida estricta y religiosa”.

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