lunes, 12 de marzo de 2012

Newton entre la física y el ocultismo


Newton dedicó los años de su vida universitaria en Cambridge al culto callado de su herético dios, que no era una idea filosófica o un retruécano metafísico, sino el Dios del Antiguo Testamento, el Señor del Sinaí que rige los procesos terrestres, la circulación de los astros y el destino de la humanidad a su voluntad.

Incluso hay quien sostiene que la redacción de sus Philosophiae Naturalis Principia Mathematica, no fue sino una distracción impuesta por sus íntimos de esas otras investigaciones más profundas dedicadas a su padre Yavé. Él mismo hizo hincapié, especialmente en el famoso Scholium General  de los Principia  y en algunos de sus manuscritos nunca publicados, en que las leyes del movimiento eran leyes pasivas, insuficientes en sí mismas para explicar la múltiple complejidad del mundo observado y que había otros principios, activos y por debajo de ellas, que constituían su verdadero objetivo de estudio.

Parece evidente que estamos muy lejos de la idea de progreso lineal del Siglo de las Luces. No debemos pasar por alto que la práctica intelectual del siglo XVII distaba mucho del pensamiento científico actual, en el que el papel de Dios atañe únicamente a las creencias individuales del investigador, que por lo regular intervienen de forma indirecta en el desarrollo de la ciencia. Pero Newton, como sus contemporáneos, no concebía una separación clara entre la investigación científica y la religiosa. Así pues, no debe extrañarnos que, con un empeño y rigor similar al derrochado en sus trabajos científicos, reuniera las matemáticas y la astronomía junto con la gematría, el descifrado cabalístico o la numerología en sus estudios sobre cronología antigua y profecías bíblicas.

Las profecías de los antiguos reinos

En 1689 inició lo que consideró siempre como una de sus obras más importantes, The Cronology of Ancient Kingdoms Amended, un estudio de las monarquías antiguas por el que trataba de establecer la primacía de Israel sobre otras culturas de la antigüedad. Según Newton, el judaísmo original había sido depositario del conocimiento divino que, posteriormente, se había diluido, corrompido y en gran parte olvidado. Sin embargo, creía que parte de dicho conocimiento se había filtrado y se lanzó a la búsqueda de un método con el que descifrar los planes divinos ocultos en los jeroglíficos bíblicos.

Estaba convencido de que los libros proféticos de la Biblia, especialmente el de Daniel en el Antiguo Testamento y el Apocalipsis de san Juan en el Nuevo, ocultaban la historia natural y humana del mundo y que incluso las descripciones del Templo en el Apocalipsis y en el libro de Ezequiel, contenían una especie de plano literal del universo. Incluso aprendió hebreo para realizar su proyecto y se ocupó de recoger tediosas montañas de datos históricos y revisar las cronologías aceptadas.

Asimismo trató de deslindar las correspondencias herméticas de la arquitectura sagrada, especialmente en lo que se refiere al Templo de Salomón, y convencido como estaba de que las respuestas a tantos interrogantes se encontraban en la alquimia, a su modo de ver las dimensiones y configuración del Templo de Jerusalén ocultaban fórmulas alquímicas. Incluso sostenía que las antiguas ceremonias allí realizadas llevaban parejos procesos alquímicos por lo que el Templo era la unión entre la corriente terrestre y la chispa divina del fuego celeste, el lugar donde se celebraban las bodas alquímicas entre el cielo y la tierra.

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