lunes, 12 de marzo de 2012

El lado oscuro de Newton


“Good said, ´Let Newton be´ /   
and all was light”
( “Dios dijo, ´Hágase Newton´/
y la luz se hizo”)
Alexander Pope


Trescientos cincuenta años después de su nacimiento, Isaac Newton se ha convertido en un mito, un héroe de la ciencia al que, en numerosas ocasiones, se nos presenta bajo el marchamo de “mejor científico de la historia”.

Su erudición y su genio intelectual lo capacitaron para colocar los cimientos de la ciencia moderna y, por encima de todo, su formulación de las tres leyes de la mecánica y  de la gravitación universal alteró para siempre la visión humana del cosmos. Por ello, los propulsores de la Ilustración identificaron a Newton con el descubridor de las leyes matemáticas de la máquina celeste que, desde entonces quedaba liberada de las ataduras de la Providencia divina.

La ciencia newtoniana se identificaría con un mensaje filosófico y cosmológico que certificaba la respuesta del matemático francés Laplace a Napoleón, extrañado por la ausencia de Dios en su Tratado de Mecánica Celeste : “No preciso, señor, de tal hipótesis”.

Sin embargo, el Newton de los ilustrados del siglo XVIII, que coincide con el de nuestros manuales de física, chirría comparado con el complejo personaje histórico del siglo XVII que en realidad fue. Es curioso comprobar cómo a los cincuenta años, después de veinticinco de vida creadora y ya presentados sus espectaculares descubrimientos sobre la mecánica del sistema planetario, Newton confiesa en una carta dirigida al predicador Richard Bentley: “Cuando escribí mi tratado sobre nuestro sistema, tenía la mirada puesta en aquellos principios que pudieran llamar a la gente a pensar en Dios, y nada me causa mayor satisfacción que comprobar su utilidad para dicho fin”.

Ciertamente, aquí asoma algo que no concuerda con nuestra imagen adquirida de Newton, ese verle como “el primer científico que estableció de modo definitivo la separación entre la ciencia y la teología”.

Insospechada afición a lo oscuro

En realidad, sus actividades, tal vez más que las de cualquier otro científico de su época, abarcaron campos hoy expulsados del ámbito de la ciencia.

Como ha sugerido Richard S. Westfall, uno de sus mejores biógrafos, “en esta perspectiva, la invención del cálculo infinitesimal, el establecimiento de la mecánica clásica o el descubrimiento de la naturaleza de la luz resultan ser subproductos, interesantes aunque secundarios, de la investigación fundamental”.

Y es que, la actividad intelectual de Newton ocultaba un secreto. Ya sus contemporáneos quedaron extrañados al saber que, en su lecho de muerte, no solicitó los últimos sacramentos, lo que prueba que con la excepción de un reducido círculo de amistades, nadie conoció el contexto teológico que sustentaba su pensamiento.

Actualmente, después del espléndido trabajo de Frank Manuel en su The Religion of Isaac Newton, ha quedado perfectamente demostrado que profesaba el unitarismo, una forma de arrianismo similar al de Miguel Servet que hundía sus raíces en la iglesia primitiva, que abominaba del dogma de la Trinidad (suprema paradoja para quien como él estudió, vivió y enseñó en el prestigioso Trinity College) y negaba la esencia divina de Jesucristo como corrupciones papistas de la genuina revelación.

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