lunes, 20 de febrero de 2012

Un proyecto cósmico, o no hay tal


Un cierto sentido religioso contiene la tesis de que tanto el hombre como la inteligencia forman parte de un gran proyecto cósmico que escapa a nuestra comprensión, del mismo modo que una célula del cerebro actúa con sus mensajes químicos e impulsos eléctricos sin tener conciencia de que forma parte de un pensamiento más vasto. El adalid de esta grandiosa perspectiva para la humanidad fue el paleontólogo jesuita Theilard de Chardin y que se ha visto potenciada por teorías científicas como la del “principio antrópico” que asegura que el Universo está pensado para ser habitado y tanto las leyes de la física como las condiciones iniciales están dispuestas de tal forma que quede asegurada la aparición de organismos vivos.

Queda así abierto el camino para la aparición  de una humanidad compuesta por individuos conscientes tocados por ese don, casi divino, de la inteligencia, puesto que un universo que no admite observadores conscientes carece de sentido. Aunque surgida de la biología, esta teoría ha alcanzado sus seguidores más apasionados entre los físicos y cosmólogos como Paul Davies y Stephen Hawking.

No está lejos esta propuesta de la concepción holística del universo, en que todo está conectado con todo y forma parte de una conciencia cósmica, que desde siempre han predicado las filosofías orientales, es decir que todo está vivo y consciente en un cosmos infinito. “El espíritu es la última sublimación de la materia y la materia, la cristalización del espíritu”, reza el Kiu-Te, un curioso libro tibetano. Sócrates afirmaba que “poseemos inteligencia y esta posesión tiene que estar contenida en la causa que creó el mundo”.

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