viernes, 24 de febrero de 2012

¿Por qué hay algo en lugar de nada?


¿Por qué hay algo en lugar de nada? ¿Por qué apareció el Universo? Son las preguntas sin respuesta que se hace todo filósofo, a la que tratan de dar contestación los físicos. Pero no lo consiguen, ya que las ecuaciones sólo permiten describir lo que sucedió con precisión a los 10 elevado a -43 segundos. Para comprenderla mejor escriba 43 ceros y después un uno y tendrá una cifra que enloquece tanto a los físicos como a los poetas y filósofos.

Esa cifra contando desde el comienzo del tiempo, si es que el tiempo comenzó en algún momento. Se trata de un muro, un parámetro físico, conocido como tiempo de Planck, que impide a los científicos mirar al otro lado, al instante mismo de la creación.

Teoría de la Gran Unificación

Para traspasar esa frontera necesitaríamos una teoría matemática que unificase la cuántica y la relatividad general, es decir una Teoría de la Gran Unificación que es el Santo Grial que con tanto ahínco buscan los físicos. Stephen Hawking incluso ha llegado a decir que si llega ese momento conoceremos el pensamiento de Dios.

En ese momento, todo lo que contiene el Universo: árboles, animales, humanos, continentes, planetas, estrellas, galaxias, nebulosas, cuásares, etc.) se concentraban en un punto, una singularidad que raya la inexistencia, que no mide más que 10 elevado a menos 33 centímetros, es decir treinta y tres ceros delante de un uno: ¡miles y miles y miles de millones de veces más pequeña que el núcleo de un átomo! Un minúsculo destello de energía infinita en un vacío eterno.

La longitud de Planck

Es cuanto podemos conocer del Big Bang. Lo que hubiera antes sólo pueden entenderlo los dioses. Ahí es donde nos encontramos con los límites del conocimiento. Una frontera que delimitó por primera vez el físico alemán Max Planck recién empezado este siglo, al establecer el límite último de toda divisibilidad, 0,66252 x 10-33 julios-segundo, la cantidad mínima de energía que un sistema físico puede ganar o perder.

Esta cifra lleva consigo otras fronteras matemáticas como la longitud de Planck, es decir la distancia más pequeña posible entre dos objetos aparentemente separados, y la masa de Planck, la mínima expresión de la existencia material.

El misterio surge a partir de estas fronteras, y, tal vez, el día en que consigamos traspasarlas nos convirtamos en dioses, o tal vez suframos de nuevo el pecado del conocimiento al comer las frutas del árbol prohibido. Sólo la tarea de imaginarlo produce alucinaciones místicas. Nuestro universo sería una especie de grano cuántico en un infinito de energía primordial y creadora, como lo ve el físico David Bohm.

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