viernes, 24 de febrero de 2012

La dificultad de ser ecologista en nuestros tiempos


¿Quién se atreve hoy a decir que no es ecologista? Posiblemente hemos sido seducidos ya por la fascinación de la publicidad y nos hemos arrastrado en un coche que usa gasolina sin plomo, hasta el hipermercado a comprar detergente sin fosfatos, un aerosol sin CFCs, pilas libres de mercurio, papel reciclado y pan integral que hemos introducido en una bolsa de plástico biodegradable.

Incluso puede que hayamos pagado con una VISA que destina una microscópica parte de sus ganancias o, mejor dicho de nuestros gastos, a la salvaguarda del urogallo.

Los empresarios han encontrado un verdadero filón en la creciente preocupación por el medio ambiente y se aprovechan de la falta de información científica y ecológica que sufre el usuario. Las buenas intenciones de éste quedan en agua de borrajas, ya que la actitud ecologista no se mide en el producto que se compra, sino en cómo se compra ese producto.

Por ejemplo, si adquiriésemos productos no empaquetados nos ahorraríamos un 20 por ciento en el precio de compra, pero es que a la vez, evitaríamos 30 gramos de cada cien de basura que es lo que solemos desperdiciar en empaquetados y otras zarandajas.

Así se dan situaciones paradójicas y extravagantes como la del diario Il Messagero de Roma (cuya tirada había acabado con un pequeño bosque), el cual presumía de ecologista porque había impreso los dibujos de su suplemento infantil con tinta biodegradable, sin plomo, a base de aceite de soja.

En nombre de la ecología se están cometiendo numerosas aberraciones, como en cualquier otra actividad humana, pero eso no debe hacernos olvidar que el ecologismo sigue proponiendo las más inteligentes alternativas de vida.

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